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A 50 años del golpe: qué cambió y qué todavía duele

A 50 años del golpe de Estado, el debate sobre la memoria, los derechos y la democracia vuelve a estar en el centro de la escena, no solo como una mirada al pasado, sino como una forma de entender el presente. Desde los cambios en el orden mundial hasta las tensiones sociales que se viven en la Argentina, el análisis de Marcelo Guardatti propone una lectura que conecta lo global con lo cotidiano, el avance de nuevas derechas, las deudas que aún persisten en la democracia y el impacto profundo que tuvo la dictadura no solo en las grandes ciudades, sino también en los pueblos del interior. Entre la geopolítica, el trabajo, la soberanía y la memoria, la pregunta que atraviesa todo es la misma, qué sociedad queremos construir después de este tiempo de crisis.

50 años, entre la memoria y las deudas de la democracia


“50 años parecen ser un montón de tiempo y, sin embargo, son un instante”, plantea, marcando desde el inicio una tensión central entre la dimensión histórica y la experiencia social. Para el historiador, el tiempo transcurrido desde el golpe no puede analizarse de manera lineal, sino en relación a los procesos que atravesaron a la Argentina.

 

“Han pasado muchísimas cosas y, aun así, todavía tenemos muchas deudas pendientes”, afirma, poniendo el foco en la democracia como un proceso inconcluso. Se reconoce como parte de “la primera generación que ha nacido y se ha criado en democracia”, una generación que no vivió la dictadura directamente, pero que igualmente mantiene reclamos vigentes.

 

En ese sentido, retoma una promesa fundante del retorno democrático. “Esa famosa promesa de que con la democracia se educa, se come, terminó cayendo en saco roto”, dice, señalando que, lejos de consolidarse, muchos derechos han retrocedido. Incluso momentos críticos como la crisis del 2001 aparecen en su análisis como instancias donde la democracia estuvo en riesgo, aunque destaca un dato no menor. “Podemos darnos algo de orgullo de que ninguno de esos cinco presidentes fue un militar”.

 
Un presente que reabre disputas sobre el pasado


El análisis se vuelve más incisivo cuando aborda el contexto actual. “Estamos teniendo que recordar lo que ha sido el terrorismo de Estado”, afirma, marcando que lo que parecía un consenso consolidado hoy vuelve a ser objeto de disputa.

 

Describe al gobierno actual como “particularmente agresivo y violento”, y sostiene que impulsa “una reformulación de nuestra historia y una nueva narrativa que viene a romper mucho de lo que se había logrado como consenso de la democracia”.

 

Ese proceso no es aislado. Lo ubica en un escenario global donde “las derechas han tomado el liderazgo de muchos países y muy grandes”, lo que obliga a pensar la realidad argentina en un marco más amplio.

 

Sin embargo, también identifica resistencias. “La marcha del otro día fue masiva”, señala, interpretándola como un indicador de que hay valores que permanecen firmes. “Hay cosas que se han hecho carne en nuestra sociedad y que no se negocian”, afirma, ubicando a los derechos humanos como una de esas fronteras.

 
Capitalismo, neoliberalismo y continuidad histórica


Desde su especialidad en violencia política, introduce una lectura estructural. “Tiene que ver con lógicas del capitalismo”, explica, vinculando el presente con procesos que se arrastran desde los años 70.

 

Define al momento actual como parte de una continuidad. “Podemos decir que esta es una continuación de la ola neoliberal que asumió en 2015 con Mauricio Macri”, y agrega que el período siguiente “fue un impasse, y no tan impasse”, porque muchas de esas políticas no se desarmaron.

 

Sobre el gobierno actual, sostiene que intenta avanzar donde otros no pudieron. “Está planteándose una reformulación de las banderas que Macri no logró consolidar”.

 

En ese marco, introduce una categoría clave. “Estamos viendo una reformulación a nivel mundial del capitalismo, un capitalismo financiero extremo que concentra la riqueza en muy pocas manos”.

 

Esa dinámica no es nueva, pero sí se intensifica. Y al compararla con la dictadura, plantea que no puede analizarse solo desde la represión. “Tenemos que ver cuáles eran los objetivos reales detrás de esa represión política”, afirma, y sintetiza con claridad. “Reprimir al movimiento obrero”.

 
Del movimiento obrero organizado a la fragmentación actual


Uno de los contrastes más fuertes de su análisis aparece al comparar el pasado con el presente del trabajo. “Pensemos en el sindicalismo y el movimiento obrero de los 70 y hagamos ese contraste con la actualidad”, propone.

 

La diferencia es profunda. “Hoy una gran proporción está trabajando con aplicaciones que los individualizan y no les permiten organización”, explica, señalando cómo las nuevas formas de empleo erosionan la capacidad colectiva.

 

A eso se suma otra condición. “Estamos todos con más de uno, dos, tres trabajos para poder llegar a fin de mes”, lo que reduce aún más la posibilidad de organización. La consecuencia es clara. “Ni siquiera tenemos tiempo para sentarnos a analizar nuestra realidad o organizarnos”.

 

En ese sentido, marca una ruptura con experiencias anteriores. “Ese mundo ya no está a nuestro alcance”, dice sobre las formas clásicas de protesta. Y plantea un desafío abierto. “Vamos a tener que buscar nuevas formas de organizarnos y de protestar”.

 
Geopolítica, alineamientos y crisis del orden internacional


El análisis escala hacia la dimensión internacional cuando se le consulta por los vínculos geopolíticos. Allí identifica continuidades con los años noventa. “Se intenta emular ese alineamiento automático con Estados Unidos”, afirma.

 

Pero introduce una diferencia clave. “Ya ni siquiera estamos tomando decisiones, sino que son digitadas desde Washington”, sostiene, agregando además el rol de Israel como actor central en la política exterior actual.

 

Ese posicionamiento tiene consecuencias. “El haber salido de los BRICS nos descolocó completamente de este contexto mundial”, advierte, señalando la pérdida de alternativas en un escenario global en transformación.

 

Describe ese contexto como una crisis más amplia. “Estamos viendo una decadencia occidental en sentido geopolítico, económico y cultural”, y ubica a la Argentina dentro de ese proceso. “Nos estamos sumando un poco a esa decadencia”.

 

En materia de derechos humanos, la evaluación es crítica. “Es un momento realmente crítico”, afirma, mencionando conflictos internacionales como el de Gaza y cuestionando la pasividad global frente a ciertas violaciones.

 
Democracia en tensión y crisis de legitimidad


Al abordar el plano institucional, el diagnóstico es directo. “Gran parte de las decisiones del Poder Ejecutivo estarían dentro de la violación de la Constitución”, afirma, en referencia al desconocimiento de acuerdos internacionales con rango constitucional.

 

Señala además un deterioro del sistema republicano. “El sistema está crujiendo en sí mismo”, dice, y agrega que tanto el Poder Ejecutivo como el Judicial atraviesan “una crisis interna en términos de legitimidad”.

 

Sin embargo, no todo aparece clausurado. El Congreso, señala, sigue siendo “un espacio de disputa y negociación”, donde ciertas leyes encuentran resistencia. En ese sentido, plantea una idea clave. La democracia sigue siendo “una construcción incompleta, imperfecta y muy cuestionable”, pero aún hay instituciones que funcionan dentro de sus reglas.

 
Crisis de representación y nuevas generaciones


El cierre introduce una dimensión particularmente significativa. La percepción política de las nuevas generaciones. Desde su experiencia docente, relata un dato contundente. “Los chicos te dicen izquierda y derecha, nada más”.

 

La situación es más profunda de lo que parece. “No saben lo que es la Unión Cívica Radical”, afirma, y agrega que incluso el peronismo aparece reducido a figuras recientes, sin conexión histórica. “Ni hablar de Perón”, dice, señalando la pérdida de referencias tradicionales.

 

Ese vacío plantea un desafío pedagógico y político. “Es necesario hacer una pedagogía del derecho”, sostiene, destacando la importancia de que las nuevas generaciones comprendan derechos básicos como la identidad, el trabajo y la vida digna.

 

En ese punto, vuelve a conectar con la memoria. El trabajo sobre los 50 años del golpe no es solo conmemorativo. Es formativo. Es, en definitiva, una disputa por el sentido del presente.

Trump, el desarme del orden que Estados Unidos había construido


“Claramente es una violación del derecho internacional”, afirma al analizar el accionar de Donald Trump en el escenario mundial. Pero lo que más le llama la atención no es solo la arbitrariedad de ciertas decisiones, sino una paradoja histórica de enorme magnitud. “Ha sido el mismo Estados Unidos el que ha desarmado el orden internacional que ellos mismos armaron desde la Segunda Guerra Mundial para acá”.

 

En su lectura, Trump no encarna simplemente una derecha tradicional, sino una forma de liderazgo disruptiva y agresiva. “Trump particularmente no sabe de la política doméstica en términos clásicos, claramente es un outsider”, dice, y lo vincula con otros liderazgos contemporáneos que también se presentan por fuera de los códigos tradicionales de la política. No se trata de dirigentes que negocian, retroceden o reformulan posiciones, sino de figuras que “toman decisiones que parecen a contramano del sentido común”.

 

Por eso interpreta su conducta exterior como una reedición de viejas prácticas imperiales. “Ha reeditado la famosa política del garrote o la política de pego y pregunto”, sostiene. Y ahí ubica casos como Venezuela o Groenlandia dentro de una misma lógica, la de un poder que interviene primero y justifica después, siempre bajo un pragmatismo económico y estratégico.

 
Del outsider al autoritarismo reciclado


Cuando se lo lleva a pensar si esto puede entenderse como una nueva forma de fascismo, Guardatti es cuidadoso, pero no ambiguo. “En algunas cosas sí”, responde, aclarando que no se trata de una repetición literal del fascismo europeo de entreguerras. “No es el fascismo de los 20, de los 30 o de los 40 del siglo pasado, claramente no”, pero sí reconoce que estamos frente a “reversiones de esos autoritarismos”.

 

Lo que aparece hoy, explica, es una reformulación de viejas matrices de poder centradas en líderes carismáticos, figuras que logran capturar adhesiones intensas y construir obediencias que muchas veces desbordan la racionalidad política clásica. Aun así, advierte que estos procesos no son eternos. “También terminan desvaneciéndose un poco en el aire”, dice, aunque antes de desaparecer dejan daños muy profundos.

 

Ahí aparece una pregunta que excede la coyuntura y se vuelve estructural. “¿Qué hacemos con ese después de estos autoritarismos?”, se pregunta. Porque el problema no es solo cómo resistir el presente, sino qué orden social, económico y político se intenta construir una vez que estas experiencias se agoten.

 
Capitalismo, extractivismo y el mundo que viene


En ese punto, el análisis se amplía hacia los grandes modelos en disputa. Guardatti no se limita a la crítica del liberalismo extremo, sino que plantea la necesidad de pensar una alternativa que incluya “justicia social” y también nuevas preguntas sobre el impacto ambiental y los límites del desarrollo extractivo.

 

“Quizá tenemos que empezar a incluir dentro de esa agenda también el impacto ambiental que tiene nuestra actividad”, propone. Y pone sobre la mesa una discusión incómoda para amplios sectores políticos, incluso populares. “Hay que ver si es viable ese capitalismo extractivista”.

 

Desde ahí conecta el debate global con la Argentina concreta. Advierte que buena parte de la agenda de desarrollo actual, más allá del derrumbe industrial, sigue basada en “el extractivismo puro de nuestros recursos naturales”. Y menciona expresamente el RIGI como una de esas herramientas que lograron consenso entre muchas fuerzas políticas. “Creo que sería una de esas leyes que no se van a modificar aun cuando vengan gobiernos populares posteriormente”, señala, porque existe una necesidad estructural que atraviesa gobiernos y orientaciones ideológicas.

 

El problema, entonces, no es solo quién gobierna, sino qué matriz económica se consolida. Vaca Muerta, por ejemplo, aparece como “la gran salvadora del contexto energético”, pero no deja de tener “un impacto ambiental tremendo en las sociedades”. Su lectura no niega la centralidad económica de estos recursos, pero obliga a preguntarse qué costo social, territorial y ecológico conllevan.

 
La Argentina en un tablero mundial que se está rompiendo


“Se está zarandeando bastante el tablero”, dice al sintetizar el momento internacional. Como historiador, no lo ve como una simple crisis coyuntural, sino como “un momento de quiebre”. Y para graficarlo recurre a una imagen ya clásica. “El mundo viejo no termina de morir y el nuevo no termina de nacer, y en el medio aparecen estos monstruos”. Para él, esa definición gramsciana no es una cita elegante, sino una descripción muy precisa del tiempo actual.

 

El interrogante central es qué lugar le quedará a la Argentina en ese reordenamiento y si la dirigencia está a la altura de esa discusión. “La pregunta es qué lugar quedará para la Argentina en ese lugar”, plantea, y agrega otra preocupación, si quienes conducen hoy el país son capaces de ubicarlo en una posición que no sea la de simple proveedora de recursos y ventajas ajenas.

 

La idea de fondo es que el actual contexto no se resuelve solo con alineamientos automáticos ni con obediencias geopolíticas, sino con una estrategia nacional que piense soberanía, desarrollo y derechos. Sin eso, la Argentina corre el riesgo de quedar subordinada a intereses externos en un momento donde el viejo orden internacional se está resquebrajando.

 
Las deudas de la dictadura siguen abiertas


Hacia el cierre, la reflexión vuelve al terreno de la memoria y los derechos humanos. “La dictadura también nos dejó algunas cosas muy profundas que debemos reformular”, afirma. Ahí aparecen dos cuestiones que considera irrenunciables. Por un lado, “la búsqueda de los desaparecidos”, que para él debe seguir siendo “uno de los motores de futuro”. Por otro, la necesidad de encontrar a quienes fueron apropiados y crecieron con una identidad falseada. “Eso es un deber del Estado, es obligación del Estado porque fue el Estado el que produjo eso”.

 

No lo plantea solo como una deuda con el pasado, sino como una tarea de presente y de futuro. También incorpora en esa agenda una dimensión soberana, la recuperación plena de Malvinas, el Atlántico Sur y la proyección antártica. Para él, si la Argentina quiere ejercer soberanía real, debe hacerlo desde un proyecto de desarrollo capaz de ofrecer condiciones de vida dignas, tanto para su población actual como para cualquier horizonte de integración futura.

 

En esa misma línea, rescata una diferencia histórica que considera decisiva. Aun con todas sus deudas, la Argentina logró avanzar en un proceso de “memoria, verdad y justicia” que otros países latinoamericanos no pudieron construir de la misma manera. Y eso, dice, explica parte de lo que somos hoy, “un pueblo que no deja de quejarse cuando debe quejarse”.

 

 
La Ruta 9, el interior cordobés y una represión que no fue marginal


Uno de los aportes más fuertes de esta parte de la entrevista aparece cuando el historiador vuelve sobre sus investigaciones en el corredor de la Ruta 9. Allí cuestiona una idea muy arraigada en muchos pueblos del interior. “La respuesta clásica de todo el mundo es acá no pasó nada, esas cosas pasaron allá lejos”, cuenta, recordando el modo en que muchas comunidades narraron durante años su propio pasado.

 

Su trabajo parte justamente de desmontar esa negación. “La pregunta no es hubo desaparecidos en esta región, sino cuál fue el impacto que tuvo la dictadura en esta región”, explica. Y esa reformulación le permite mostrar que la violencia del terrorismo de Estado no fue un hecho exclusivamente urbano o metropolitano, sino que golpeó con profundidad a pueblos enteros.

 

A partir de documentos, archivos y testimonios, fue reconstruyendo una red de personas y familias marcadas por la represión. Habla de exilios, detenciones, secuestros, torturas, estigmatizaciones y desplazamientos forzados. Y resume la función territorial de ese corredor con una frase clave. “La Ruta 9 sirvió no como escenario, sino como un corredor represivo”.

 

Por eso insiste en que el interior cordobés no puede pensarse como algo marginal dentro de la historia provincial. “No podemos obviar nuestra región como si fuera algo marginal”, sostiene. Pilar, Laguna Larga, Río Segundo, Villa María y otros puntos del corredor aparecen en su análisis como espacios donde la dictadura tuvo impacto económico, político y comunitario.

 
La historia completa también es la historia de los pueblos


Cuando ciertas derechas reclaman “la historia completa”, Guardatti toma esa consigna y la resignifica desde otro lugar. “Yo suscribo esa frase”, dice, pero no para justificar el negacionismo, sino para profundizar el análisis histórico. “Hay que contar la historia de nuestros pueblos, esa es la historia completa”.

 

En su lectura, solo a partir de esa escala territorial y comunitaria puede entenderse de verdad la dimensión de la represión ilegal en la Argentina. Porque la cifra de los 30.000, aun siendo una cifra simbólica de enorme peso, no agota todas las formas en que la dictadura marcó a las sociedades locales. “Lo peor de todo es que puede ser más alta que 30.000”, afirma, al señalar que todavía hoy aparecen historias de personas represaliadas, familias exiliadas o comunidades enteras atravesadas por el miedo y el silenciamiento.

 

Ahí radica, para él, el valor político e historiográfico de estas investigaciones. No se trata solo de sumar casos, sino de comprender cómo la dictadura dejó huellas profundas en lo económico, en lo social, en lo subjetivo y en la vida cotidiana de comunidades que durante mucho tiempo fueron leídas como si nada hubiera pasado en ellas.

 

“Es un trabajo de hormiga, pero hay que hacer”, dice al final. Y en esa frase se resume todo el sentido de su tarea. Investigar, nombrar, reconstruir y devolverle densidad histórica a esos territorios que tantas veces quedaron fuera del relato principal.

 

Fuente: en exclusivo para Revista Vértices.

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