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AK: si perfora Córdoba, el resto del país deja de ser imposible

Axel Kicillof desembarcó en Córdoba, uno de los territorios más adversos para el peronismo kirchnerista, con una agenda que combinó gestión, convenios institucionales, encuentros sindicales, vínculos universitarios y señales hacia el peronismo cordobés. La visita funciona como ensayo preelectoral, pero también como prueba política mayor. Si el kicillofismo puede disputar sentido en la provincia donde el anti-kirchnerismo logró construir mayor densidad cultural, también puede empezar a imaginar una arquitectura nacional más amplia, capaz de dialogar con el pan-peronismo, el conservadurismo popular y sectores liberales republicanos enojados con la estrategia libertaria.

Axel Kicillof comenzó a calentar motores en uno de los territorios más difíciles para su narrativa política y para su eventual armado electoral. La provincia de Córdoba aparece, desde hace años, como una de las provincias más adversas para una performance sociopolítica identificada con el peronismo bonaerense, el kirchnerismo y la tradición nacional-popular. Allí, el clima ciudadano general y el clima institucional provincial han consolidado una distancia cultural, electoral y simbólica respecto de ese universo político.

 

Sin embargo, la visita del gobernador bonaerense abre una serie de interrogantes estratégicos. Si el kicillofismo logra instalar una agenda en Córdoba, incluso en términos iniciales, parciales o preelectorales, la pregunta que surge es inevitable. Si puede presentarse en el territorio más áspero para su identidad política, qué margen queda para pensar su expansión en otras provincias menos refractarias.

 

En este punto, las repercusiones en la opinión pública funcionan como un primer termómetro precuantitativo. No se trata todavía de medir votos, estructuras o candidaturas cerradas, sino de observar circulación, impacto, reacción mediática, conversación política y capacidad de instalación. Córdoba, por su peso simbólico en el antikirchnerismo nacional, se convierte así en un laboratorio anticipado de la disputa por el sentido.

 

A la vez, en el plano cualitativo, el movimiento también parece abrir la puerta a una hipótesis mayor. La posibilidad de una gran PASO o de algún mecanismo de articulación amplia con sectores del peronismo cordobés, por ende pampeano. Por lo que empieza a aparecer como una pregunta política posible. No necesariamente como acuerdo cerrado, pero sí como exploración de una arquitectura electoral más extensa, capaz de contener al panperonismo, al conservadurismo popular, a sectores sindicales, intendentes, espacios universitarios y referencias territoriales.

 

El desembarco se produce, además, en un contexto nacional marcado por el desgaste del gobierno libertario en materia de credibilidad política. El caso Adorni, sostenido bajo el manual de lo políticamente incorrecto, tensiona el relato oficialista justo en una provincia donde la estrategia libertaria había logrado uno de sus mejores posicionamientos. Córdoba fue, para Milei, un territorio de legitimación electoral y cultural. Por eso, cualquier fisura en esa adhesión resulta políticamente significativa.

 

Kicillof dejó un mensaje claro. No fue solo una visita testimonial ni una recorrida de cortesía. Hubo encuentro con intendentes, sindicatos y espacios universitarios. También hubo firma de convenios en la Universidad Tecnológica Nacional Regional Córdoba y en la Municipalidad de Cosquín, en un gesto institucional potente. El gobernador bonaerense se movió como si Buenos Aires fuera, en términos políticos y administrativos, algo más que una provincia. Actuó como un actor estatal con capacidad de proyección nacional.

 

Ese gesto no es menor. Firmar convenios fuera del territorio bonaerense implica proyectar gestión, mostrar volumen institucional y construir una imagen de gobernabilidad alternativa. En un escenario donde buena parte de la oposición discute liderazgos, candidaturas y herencias, Kicillof intenta correrse del lugar puramente testimonial para ubicarse en el terreno de la gestión concreta, la articulación territorial y la construcción de un bloque político más amplio.

 

La visita también debe leerse luego de la definición de la lista del justicialismo cordobés. Allí, C. Caserio, quién acordó con el justicialismo córdobes, la referente de Punilla en la lista uninominal, y dejó en evidencia una contundencia territorial que puede dialogar con el desembarco kicillofista. En paralelo, aparece la figura de Eduardo Di Cola, un histórico dirigente peronista de la provincia, con trayectoria en distintas candidaturas nacionales y vínculos previos con experiencias como las de Rodríguez Saá, Capitanich y ahora el exministro de Economía de Cristina Fernández de Kirchner. Y este un cuadro político muy bien conceptuado por la vicepresidenta.

 

En ese marco, Córdoba no aparece solo como una provincia difícil. Aparece como una frontera política. Es el territorio donde el kicillofismo debe demostrar si puede salir del encierro identitario bonaerense y construir una gramática más amplia, capaz de dialogar con otros peronismos, con tradiciones provinciales, con actores sindicales, con intendencias y con sectores no necesariamente kirchneristas de tendencia cristinista.

 

El dato más relevante es que Axel viene de una proyección internacional reciente. El mes pasado estuvo en España, donde mantuvo encuentros con el presidente y representantes del progresismo global. Ahora, con su desembarco en la provincia mediterranea, parece poner primera en el desafío preelectoral de disputar los sentidos de lo que viene. El movimiento no se agota en una candidatura. Busca intervenir en la configuración del próximo bloque histórico nacional.

 

Allí aparece la tensión central. Una parte del cristinismo lo cuestiona por jugar por fuera de la conducción directa de Cristina Fernández de Kirchner, especialmente en un contexto donde la consigna por su libertad sigue ordenando afectos, lealtades y pertenencias. Pero, al mismo tiempo, esa misma situación le otorga al gobernador bonarense una apertura semiótica. Le permite hablar con otros sectores, ensayar acuerdos más amplios y construir un dispositivo menos cerrado sobre la identidad kirchnerista tradicional, que tuvo a un Scioli como vicepresidente y aliado político.

 

La paradoja es evidente. La tensión con una parte del cristinismo puede debilitarlo hacia adentro, pero también puede habilitarlo hacia afuera. En Córdoba, esa tensión se vuelve todavía más visible, porque ningún proyecto nacional-popular puede crecer allí si se presenta únicamente como repetición de la liturgia cristinista. Necesita traducirse, recomponer lenguajes, construir mediaciones y disputar sentido en un territorio donde el rechazo cultural al kirchnerismo (en todas sus manifestaciones) fue, durante años, un ordenador político masivo en la provincia.

 

Por eso, la visita de Axel a Córdoba no debe leerse solo como una actividad de agenda. Es un ensayo de traducción política. Una prueba de elasticidad narrativa. Un intento de medir hasta dónde puede llegar una figura que busca disputar el futuro del peronismo nacional sin quedar atrapada únicamente en la interna cristinista, pero sin romper del todo con el capital simbólico que esa tradición todavía conserva.

 

En definitiva, Kicillof puso primera en una provincia adversa, pero estratégicamente imprescindible en lo demográfico, geográfico y infográfico pampeano. La provincia de Córdoba funciona como el espejo más incómodo para cualquier proyecto peronista que tenga minimo relato K con ambición nacional. Si logra perforar, aunque sea parcialmente, esa frontera política, el kicillofismo podrá presentar su armado como algo más que una continuidad bonaerense. Podrá empezar a insinuarse como una plataforma nacional para disputar el nuevo sentido común que se abre en la Argentina poslibertaria.

 

Información

Fuente: Foto Puntal

Autor

Escribe Lic. Luciano Chialvo

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