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Bergoglio, el padre que no cambió con el poder

En exclusiva para Revista Vértices, Federico Wals reconstruye su vínculo con Jorge Mario Bergoglio desde sus años en el Arzobispado de Buenos Aires hasta su pontificado como Francisco. Una historia atravesada por la cercanía, la formación, la coherencia y una figura que, aun al llegar al lugar más alto de la Iglesia, “siguió siendo el mismo”. Entre recuerdos íntimos, definiciones políticas y gestos concretos, emerge el perfil de un líder espiritual que marcó época.

Un comienzo providencial que redefinió su camino


La relación entre Federico Wals y Bergoglio no nació desde la militancia religiosa ni desde una trayectoria dentro de la Iglesia. Por el contrario, él mismo reconoce que “no era una persona que participara de los cuadros de la Iglesia”, ni de la acción católica ni de espacios parroquiales.

 

Todo comenzó en febrero de 2007, cuando con 26 años estaba por ser padre y atravesaba la incertidumbre de no conseguir trabajo estable. En ese contexto, durante un viaje en tren, un niño pequeño le insistía para darle algo. Él estaba “en sus pensamientos, en sus preocupaciones”, intentando resolver su futuro laboral. Finalmente, el niño le entrega una estampita de San Cayetano.

 

Para Federico, en ese momento, el santo no significaba nada. Pero su mujer interpretó el gesto como “una señal de Dios” y le propuso rezar una novena. Él respondió con ironía: necesitaba trabajo, no señales. Sin embargo, accedió.

 

Días después de terminar la novena, un sacerdote amigo lo llamó de urgencia para cubrir la apertura de la oficina de prensa del Arzobispado de Buenos Aires. Así, “un primero de marzo del 2007” comenzó a trabajar allí y, poco después, conoció a quien sería su jefe: el padre Jorge. Ese encuentro marcaría casi dos décadas de vínculo.

 
Un líder que enseñaba sin imponer


Federico recuerda a Bergoglio como alguien profundamente pedagógico. Siendo uno de los más jóvenes del equipo, destaca que tuvo con él “mucha misericordia y mucha paciencia”. No era un superior autoritario, sino alguien que “me fue enseñando, me fue formando, me fue mostrando el camino”.

 

Subraya una característica clave de su liderazgo: “no era un hombre que te señalara con el dedo diciéndote esto se hace así porque yo lo digo”. Aunque tenía claro el rumbo, “te hacía partícipe”, invitando a pensar, a opinar, a involucrarse.

 

Esa forma de conducción, más horizontal y formativa, se complementaba con una dimensión humana poco frecuente. “Nunca dejó de ser un padre”, dice Federico. No solo se interesaba por el trabajo, sino también por la vida personal. “Siempre atento a cómo estaba mi familia, a mis hijos”, recuerda.

 

Y agrega un detalle revelador: cuando preguntaba “cómo estás”, no lo hacía de forma automática, sino “mirándote a los ojos”, con una escucha real.

 
Conversaciones, formación y mirada política


La relación no se limitaba a lo espiritual o afectivo. Federico cuenta que con Bergoglio “teníamos conversaciones de todo tipo, políticas también”. Muchas veces eran preguntas suyas, inquietudes sobre la realidad del país, y él “se tomaba el trabajo de explicarme”.

 

Lo define como alguien “muy docente en su modo”, con una capacidad de enseñar que combinaba lo pastoral con lo intelectual. Esa dimensión formativa permitía no solo acompañar, sino también construir una mirada crítica sobre el contexto social y político.

 
El mismo hombre antes y después del poder


Uno de los rasgos que más impactó a Federico fue la coherencia de Bergoglio tras convertirse en Papa. “Nos encontramos con el mismo padre Jorge de Buenos Aires pero vestido de blanco”, afirma.

 

Su pensamiento, sus gestos y su forma de relacionarse no cambiaron. En un mundo donde el poder suele transformar a las personas, él mantuvo su esencia. “Llegó a ser Papa y sin embargo siguió siendo el mismo”, señala.

 

Y lo contrasta con una realidad frecuente: “cuántas veces vemos gente que llega a lugares encumbrados y cambia por completo, se olvida de dónde viene”. En el caso de Bergoglio, eso no ocurrió.

 
El momento justo para ser Papa


Sobre el cónclave de 2005, Federico reconoce que Bergoglio tuvo un rol relevante, pero insiste en que “no era su momento”. Está convencido de que la maduración necesaria se dio en 2013.

 

“Estoy absolutamente convencido que él no era su momento en el 2005, sino que fue en el 2013”, afirma. Para explicarlo, recuerda una frase que lo marcó profundamente: “Jorge no fue un elegido de Dios, fue un ungido por Dios, preparado a lo largo de la historia”.

 

Esa idea de preparación gradual, silenciosa, conecta con su perfil de bajo perfil y con una trayectoria que, sin estridencias, terminó en el centro de la escena mundial.

 
El mensaje que cambió la Iglesia


Federico identifica un momento clave antes de su elección: la exposición de Bergoglio ante los cardenales. Allí, con una simple hoja escrita a mano, planteó lo que consideraba esencial para la Iglesia.

 

Según su reconstrucción, habló de “volver al mensaje evangélico de Jesús”, de ser “una Iglesia en salida”, de poner “a los pobres en el centro”, de construir “una Iglesia pobre para los pobres” y de recuperar “el diálogo y la escucha”.

 

Ese mensaje, en un contexto de crisis interna, fue interpretado como una respuesta clara a lo que la Iglesia necesitaba.

 
Señales espirituales y reformas concretas


Para Federico, el pontificado comenzó a definirse desde el primer gesto. Cuando Francisco salió al balcón y dijo “buenas noches”, marcó un estilo. Pero aún más cuando pidió que el pueblo lo bendijera a él antes de bendecir. “Esa primer señal espiritual” mostraba una Iglesia al servicio, no desde arriba sino desde abajo.

 

En lo institucional, destaca tres líneas de acción fundamentales: la lucha contra los abusos, la reforma financiera y la reorganización de la curia. Medidas profundas que implicaban enfrentar estructuras internas complejas.

 
La sencillez como forma de vida


La austeridad de Francisco no era una estrategia. “No era una postura premeditada, él era así”, afirma Federico. No necesitaba decirlo, lo demostraba con sus actos.

 

El Papa del Fiat 500, de los zapatos negros, de los viajes sin privilegios. El que respondía mensajes, el que llamaba por teléfono, el que vivía sin ostentación.

 

Pero también el que practicaba el desprendimiento cotidiano. Si recibía regalos, los redistribuía. “Tenía gestos que le nacían del corazón”, cuenta. Incluso enviaba camisetas de fútbol a clubes de barrio, en silencio, sin hacerlo público.

 
La guerra “a pedacitos” y el dolor del mundo


Federico recupera una de las definiciones más fuertes de Francisco: la “tercera guerra mundial a pedacitos”. Recuerda que ya la planteaba antes de la pandemia y que la dejó por escrito en 2021. Hoy, dice, esa frase cobra otra dimensión. “Y hoy estamos en la tercera guerra mundial, la verdad que es preocupante”.

 

Para entender esa mirada, evoca una imagen: en Santa Marta, el Papa tenía un cuadro de refugiados sirios. Lo mantenía allí para no olvidar “a las familias que perdían con los conflictos”. Esa sensibilidad hacia el dolor humano era parte central de su mensaje.

 
La Argentina que no supo dimensionarlo


Consultado sobre su ausencia en el país, Federico es contundente: “perdimos todos”. Considera que Argentina no supo valorar su dimensión y quedó atrapada en discusiones menores.

 

“Nos perdimos en discusiones políticas de cabotaje”, señala. Y agrega: “lo tuvimos durante tantos años y no lo supimos aprovechar”. Aun así, sostiene que siempre llevó al país en su corazón y que probablemente, de haber tenido más tiempo, hubiera regresado.

 
El último encuentro: una despedida definitiva

 

El cierre de su relato es profundamente personal. En su último encuentro, Federico se acercó, lo miró y le dijo: “padre, gracias por todo, gracias por tanto”. Le tomó el brazo, lo miró a los ojos. Francisco le respondió: “¿por qué?”. Y él, con la certeza de una despedida, le dijo: “usted ya sabe”.

 

Antes de irse, agregó: “padre, hasta siempre”. El Papa no respondió con palabras, solo con una mirada.

 

Federico salió convencido de que no lo volvería a ver. Poco después, cuando estaba por viajar a Roma, llegó la noticia de su muerte. Se quedó con ese momento. Con el agradecimiento. Y con la certeza de haber acompañado, de cerca, a un hombre que dejó una huella que trasciende la Iglesia.

 
Fuente: En exclusiva para Revista Vértices.

 

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