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Córdoba gira a la derecha y justo Bullrich llega con la seguridad y el trabajo como bandera

Justo cuando Córdoba profundiza un giro hacia la derecha, la llegada de Patricia Bullrich para hablar de seguridad y trabajo en la bolsa de cereales. Tal hecho no aparece como un dato aislado, sino como parte de una escena política más amplia. En ese marco, la prohibición de los naranjitas quedó ubicada en el centro de una discusión que excede el tránsito o el orden urbano y se mete de lleno en la forma en que se construye hoy la inseguridad social. La medida fue rechazada por la Iglesia y por distintos espacios de organizaciones sociales, que advirtieron sobre el impacto de sancionar y prohibir una actividad ejercida por trabajadores de la economía popular que, en muchos casos, no encuentran otras fuentes de ingreso cercanas, rápidas o posibles. Allí aparece una contradicción de fondo. Mientras Bullrich llega con un discurso centrado en la seguridad y el trabajo en uno de los asientos del status quo de la provincia, la ex ministra insiste en que la salida para los sectores excluidos debe ser confiar en la creación de empleo a partir de la reforma laboral. Pero entre esa promesa futura y la urgencia del presente, miles de trabajadores informales siguen resolviendo su subsistencia como pueden. Lo más delicado es que la prohibición no se sostiene solo en una decisión política clásica, sino también en un sentido común trabajado por encuestas de opinión y focus groups, donde los naranjitas empiezan a ser presentados como uno de los causantes de la inseguridad. Así, la precariedad social deja de ser leída como consecuencia de un modelo de exclusión y pasa a mostrarse como amenaza. Ese desplazamiento no es menor. Convierte al trabajador informal en chivo expiatorio de una ansiedad social más profunda y habilita respuestas punitivas con alto rendimiento político. En ese escenario, Bullrich no viene solamente a Córdoba a hablar de seguridad. Llega a una provincia donde ya se viene consolidando una gramática del orden, del castigo y de la sospecha sobre los sectores populares. Por eso, el debate sobre los naranjitas no habla solo de estacionamiento callejero. Habla también del tipo de sociedad que se está consolidando cuando la sanción pesa más que la inclusión y cuando la promesa abstracta de empleo futuro se usa para justificar la expulsión concreta de quienes hoy sobreviven en la informalidad.

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Fuente: Foto Punto A Punto

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