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Cultura autogestiva: trabajo, comunidad y cooperación frente a un escenario desafiante

Verónica San Martín analizó la transformación que atravesó la cultura autogestiva argentina durante los últimos años y advirtió sobre las dificultades actuales que enfrentan cooperativas, radios comunitarias, editoriales, teatros y espacios culturales. Tras un período de reconocimiento, formalización y acceso a herramientas públicas, el sector enfrenta hoy mayores exigencias administrativas, aumento de costos y una fuerte caída del consumo cultural. Frente a este escenario, las redes cooperativas vuelven a apoyarse en el territorio, el intercambio y la organización colectiva.

De la autogestión al reconocimiento económico


Entre los años 2020 y 2023, “la cultura autogestiva en Argentina vivió un hecho inédito”. Según señaló Verónica San Martín, dejó de ser percibida únicamente como una actividad marginal u original para comenzar a ser reconocida “como un actor económico estratégico”.

 

Ese proceso permitió poner en valor un entramado que ya existía en los territorios y que durante años sostuvo proyectos culturales, medios comunitarios, espacios teatrales, editoriales y otras experiencias basadas en la organización colectiva.

 

A través de un conjunto de políticas públicas, el sector avanzó en reconocimiento institucional, formalización y acceso a herramientas que antes resultaban difíciles de alcanzar.

 

San Martín mencionó entre esas iniciativas “el programa MARCA, el Mercado de Cooperativismo y Culturas Autogestivas, la Resolución Renovar y el Mapa Federal de Cooperativas Culturales”.

 

A partir de esas políticas, “el Estado no solo otorgó identidad a más de mil nuevas entidades, sino que también tendió un puente histórico entre el asociativismo y las industrias culturales”.

 

Un puente entre cooperativismo y cultura


La articulación entre cooperativismo e industrias culturales permitió que muchas experiencias pudieran dar un paso hacia la formalización.

 

“Editoriales, teatros y radios comunitarias lograron por primera vez acceder a herramientas de financiamiento y formalización que hasta entonces les resultaban inaccesibles”, explicó San Martín.

 

La importancia de ese proceso excede lo administrativo. El reconocimiento permitió visibilizar que detrás de una obra de teatro, un libro, una radio comunitaria o un centro cultural también existen trabajadores, costos, infraestructura y redes económicas.

 

La cultura autogestiva comenzó a ser reconocida como parte de la economía real. Una economía con particularidades propias, donde la producción de bienes culturales está estrechamente vinculada con la identidad, la comunidad y la generación de sentido social.

 

En ese marco, las cooperativas culturales pudieron fortalecer experiencias que no se organizan solamente alrededor de la rentabilidad, sino también de la participación, el trabajo compartido y el acceso comunitario a la cultura.

 

Del fomento a la supervivencia


Sin embargo, San Martín sostuvo que el cambio de ciclo político producido con la llegada de Javier Milei implicó “un giro tan drástico como doloroso”.

 

“Lo que antes era un ecosistema de fomento se convirtió en un escenario de supervivencia”, afirmó.

 

El deterioro, según explicó, “no es únicamente presupuestario, también es simbólico”. En este sentido, señaló que “la degradación del Ministerio de Cultura a Secretaría y la eliminación de programas de promoción nacional dejaron al sector en una situación de fuerte incertidumbre”.

 

La desaparición de buena parte del acompañamiento técnico y financiero modificó las condiciones de funcionamiento de numerosas organizaciones.

 

“Al desaparecer gran parte del apoyo técnico y financiero, el Estado retiró el respaldo que permitía a la creatividad colectiva amortiguar las crisis recurrentes de la economía argentina”, expresó.

 

Así, muchas experiencias que habían logrado avanzar en procesos de formalización y crecimiento volvieron a enfrentar dificultades para sostener su actividad cotidiana.

 

Una triple presión sobre la cultura autogestiva


San Martín describió la situación actual como “una triple pinza que asfixia a la autogestión”.

 

El primer problema está relacionado con las exigencias administrativas. La referente señaló que existe “una fiscalización administrativa del INAES que, bajo la consigna de la actualización de datos, impone exigencias burocráticas difíciles de afrontar para pequeñas cooperativas culturales”.

 

Para organizaciones de menor escala, los procesos administrativos pueden transformarse en una dificultad considerable cuando no existen equipos técnicos suficientes ni acompañamiento institucional.

 

El segundo problema está relacionado con “el aumento de tarifas que golpea directamente el funcionamiento de centros culturales, salas y espacios comunitarios”.

 

La electricidad, los servicios, los alquileres y otros costos operativos representan una parte central del sostenimiento de estos espacios. El incremento de esos gastos resulta especialmente difícil de absorber para organizaciones que no pueden trasladarlos completamente al público.

 

La tercera dificultad es “la fuerte caída del consumo cultural, consecuencia de la pérdida del poder adquisitivo de la población”.

 

Menos ingresos disponibles en las familias significan menos entradas vendidas, menos libros comprados y menor participación en propuestas culturales pagas.

 

La paradoja de exigir competitividad sin herramientas


Para San Martín, la situación contiene una contradicción evidente.

 

“Se le exige al sector cultural que sea sostenible y competitivo en el mercado, mientras se le quitan herramientas para formalizarse y se le somete a costos operativos imposibles de trasladar al precio de una entrada de teatro o de un libro”.

 

Esta dificultad muestra una de las particularidades de la producción cultural. Muchas experiencias autogestivas necesitan encontrar un equilibrio entre la sostenibilidad económica y el derecho de la comunidad a acceder a sus propuestas.

 

Subir de manera permanente el valor de una entrada, un taller o un libro no siempre es una alternativa posible. Hacerlo puede dejar afuera a una parte importante del público y debilitar el sentido social de esos proyectos.

 

Por eso, la sostenibilidad de la cultura autogestiva requiere herramientas específicas que reconozcan sus características y su aporte económico, laboral y comunitario.

 

La respuesta vuelve a ser colectiva


Frente a la retirada del Estado nacional, “la respuesta volvió a ser colectiva”.

 

San Martín destacó que “las redes de cooperativas culturales regresan a las bases”. Ese regreso se manifiesta en el fortalecimiento del comercio de cercanía, el intercambio de servicios entre cooperativas y la resistencia territorial.

 

Las organizaciones vuelven a apoyarse unas en otras para compartir recursos, conocimientos, espacios y herramientas. La cooperación funciona como una estrategia para reducir costos, fortalecer circuitos locales y sostener proyectos que de manera aislada tendrían mayores dificultades.

 

“El comercio de cercanía, el intercambio de servicios entre cooperativas y la resistencia territorial” aparecen así como algunas de las respuestas que vuelven a tomar fuerza.

 

La cultura autogestiva argentina tiene una extensa experiencia en contextos de dificultad. Sin embargo, San Martín advirtió que “este escenario de desprotección institucional exige una profunda reconfiguración”.

 

Cultura también es trabajo


El desafío que enfrenta el sector no se limita a sostener la producción artística.

 

“El desafío ya no es solamente crear belleza, pensamiento y sentido social”, sostuvo San Martín. “El desafío hoy es sobrevivir a un modelo que parece desconocer que la cultura, además de identidad, también es trabajo para miles de familias”.

 

Esta definición permite ampliar la mirada sobre el sector cultural. Detrás de cada espacio existen trabajadores, técnicos, actores, escritores, periodistas, diseñadores, productores, gestores y una extensa red de actividades relacionadas.

 

Por eso, el cierre de una cooperativa cultural tiene consecuencias que van mucho más allá de la pérdida de una propuesta artística.

 

“Cuando una cooperativa cultural cierra, no solo se pierde un espacio artístico, también se pierde trabajo, comunidad y derecho a la cultura”.

 

La frase sintetiza el valor social de estas organizaciones. Las cooperativas culturales producen contenidos, sostienen empleo, construyen vínculos comunitarios y garantizan espacios de acceso a la expresión y la participación.

 

En un escenario desafiante, la cooperación vuelve a aparecer como herramienta para defender no solo la cultura, sino también el trabajo y la vida comunitaria que se organizan alrededor de ella.


Fuente: Intervención de Verónica San Martín para el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, sobre la situación de las cooperativas culturales y la cultura autogestiva en Argentina.

 

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