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De Laboulaye a Cali, una experiencia de intercambio ante el conflicto global

Luis Gatti, politólogo oriundo de Laboulaye y estudiante de Historia, comparte su experiencia de intercambio académico en Cali, Colombia, y la transforma en una lectura más amplia sobre la realidad latinoamericana y el escenario internacional. Desde las diferencias en el acceso a la educación superior hasta la polarización política en torno al gobierno de Gustavo Petro, la migración venezolana, el peso de las guerrillas y el narcotráfico, su mirada combina vivencia personal y formación académica. A la vez, su análisis se proyecta hacia los grandes conflictos globales, donde Estados Unidos, China, Rusia y Medio Oriente reconfiguran un orden mundial inestable. Entre lo cotidiano y lo geopolítico, la experiencia deja una pregunta abierta sobre el lugar de Argentina en un mundo atravesado por tensiones crecientes.

Formación, militancia y una experiencia latinoamericana en primera persona


Luis Gatti es licenciado en Ciencia Política de la Universidad Nacional de Río Cuarto, y actualmente cursa el profesorado de Historia en el Instituto Lefebvre de Laboulaye, dependiente de la Universidad Provincial de Córdoba. A esa formación académica le suma una trayectoria de participación pública que no aparece como un dato lateral, sino como parte de su forma de mirar la realidad. “Desde los 17 o 18 años me ha tocado participar en política electoral como también en política estudiantil”, cuenta, recordando su paso por la vida universitaria en Río Cuarto y también su participación más reciente como primer candidato a concejal de una fuerza local en Laboulaye.

 

En este momento, esa experiencia política y académica se cruza con una instancia internacional. Explica que se encuentra realizando “un intercambio académico gracias a la Universidad Provincial de Córdoba”, dentro del Programa PILA, un sistema de intercambio latinoamericano que articulaba convenios con universidades de Colombia, México y Brasil. En su caso, el destino fue Cali, al sur de Colombia, y la institución receptora es la Universidad Icesi, una universidad privada. Ese punto de partida no es menor, porque desde allí construye buena parte de las comparaciones y observaciones que luego desarrolla sobre educación, política y sociedad colombiana.

 

Educación superior, desigualdad de acceso y diferencias con Argentina


Uno de los primeros temas que le llama la atención es el modo en que funciona el acceso a la universidad en Colombia. “Acá en el último año del secundario tienen que hacer un examen general”, explica, y a partir de ese resultado se define la posibilidad de entrar a la universidad pública. El sistema de calificación va de 0 a 5, y “para poder acceder a la universidad pública tienen que sacar arriba de 3.5”. Eso ya introduce una diferencia fuerte con la experiencia argentina, donde la universidad pública permite el ingreso abierto y luego opera, si se quiere, un filtro a lo largo del recorrido académico.

 

En Colombia, en cambio, el filtro aparece de entrada. “Muchos no pueden acceder a eso, entonces tienen que terminar recurriendo a universidades privadas”, sostiene. Y ahí aparece otro dato central, el costo. En el caso de ciencia política en Icesi, “el semestre son 16 millones de pesos colombianos”, que traducidos a moneda argentina equivaldrían a “casi unos 6 millones de pesos argentinos”. Aunque reconoce que existen becas parciales o totales, insiste en que se trata de carreras caras y de un sistema mucho más restrictivo.

 

Por eso la comparación con Argentina aparece de manera natural. “Nosotros estamos acostumbrados a un sistema de universidad pública argentina que es gratuito, que es accesible, que cualquiera puede acceder”, señala, marcando una diferencia no solo institucional, sino también cultural y social. En la experiencia colombiana observa un sistema más excluyente y más condicionado por la capacidad económica o por el rendimiento previo, mientras que la universidad argentina, aun con sus limitaciones, ofrece una puerta de entrada mucho más amplia.

 

Universidad privada, infraestructura de punta y otra lógica de gobierno


La segunda gran diferencia que encuentra está en la estructura misma de la universidad privada donde estudia. “Se nota eso, que en esta universidad privada, al inyectarse tantos fondos privados, tiene una estructura de calidad”, afirma. No habla solo de edificios lindos o de buena presentación, sino de recursos concretos, tecnologías disponibles y equipamientos de muy alto nivel. Pone como ejemplo los estudios de grabación de la carrera de música, que describe como “un estudio de grabación profesional de punta a punta”, además de auditorios tecnológicos y aulas muy bien equipadas.

 

Sin embargo, esa calidad material no aparece desligada de una lógica empresarial. Explica que Icesi funciona con un rector, pero también con “un directorio donde están representados los accionistas”, es decir, las empresas privadas que financian la universidad. Y aunque existen espacios de participación estudiantil y de carrera, percibe una diferencia sustancial respecto de la tradición universitaria argentina. “Me parece que tienen voz pero no voto”, dice sobre estudiantes y otros claustros, a diferencia de lo que ocurre en la universidad pública argentina, donde docentes, no docentes, graduados y estudiantes participan con representación efectiva en los órganos de gobierno.

 

En esa observación se condensa una diferencia de modelo. Mientras en Argentina la universidad pública conserva una tradición de cogobierno y participación política, en la experiencia colombiana que está viviendo la universidad privada “funciona bien como una empresa privada”. Esa frase no es solo descriptiva, también deja ver una forma distinta de concebir la educación superior, más cercana a una administración empresarial que a una comunidad política y académica con capacidad real de decisión.

 

Petro, polarización y una elección abierta


Cuando pasa del plano educativo al político, el análisis se vuelve especialmente interesante. Explica que Colombia atraviesa un proceso electoral intenso. Hace pocas semanas se realizaron elecciones legislativas en las que “ganó el gobierno de Petro, pero no con un resultado abultado”. La fuerza oficialista obtuvo alrededor del 25 por ciento de los votos y fue la primera fuerza nacional, pero lejos de una mayoría consolidada. El próximo paso son las elecciones presidenciales del 31 de mayo, en un sistema que no permite la reelección, por lo que Gustavo Petro no puede volver a presentarse.

 

Su candidato es Iván Cepeda, actualmente senador, y según cuenta “las encuestas le dan primero”, aunque lejos del 50 por ciento necesario para ganar en primera vuelta. Por eso considera muy probable un balotaje. A la vez, describe un escenario político atravesado por una fuerte polarización. “Cuando preguntan por Petro y por su gobierno son dos extremos, o gente que lo ama o gente que lo odia”, resume, en una observación que encuentra paralelos con otros países de América Latina, incluida la Argentina.

 

Esa condición polarizante no le impide reconocer un dato relevante. “Las encuestas muestran que es mayor el nivel de aprobación que tiene el gobierno de Petro”, aunque insiste en que se trata de una figura sin grises. También destaca como hecho político importante la composición de la fórmula oficialista, donde la candidata a vicepresidenta proviene de movimientos indígenas. Ahí marca una particularidad del sistema colombiano, ya que tanto pueblos originarios como comunidades afrodescendientes tienen representación específica en el Congreso a través de bancas reservadas. En una ciudad como Cali, donde “el 40% son afrodescendientes”, esa dimensión no es menor.

 

Del otro lado, observa una derecha dividida, pero con posibilidades de unificarse en segunda vuelta. Nombra especialmente a dos figuras, una más empresarial, “al estilo de Mauricio Macri”, y otra más ligada al uribismo clásico. El cuadro que presenta es el de una elección abierta, muy competitiva y atravesada por bloques claramente diferenciados.

 

Venezuela, migración y la marca social de una crisis regional


Otro de los aspectos que más le impactan es la presencia de migración venezolana en Colombia. “Se habla que hay un millón de venezolanos acá en Colombia”, afirma, y aclara que esa presencia se nota especialmente en sectores populares de Cali. En los barrios más vulnerables que mencionó antes, como Siloé y Oriente, “la gran mayoría de la población ahí son inmigrantes venezolanos”.

 

No se trata, sin embargo, del mismo perfil migratorio que llegó a otros países del continente. Su observación es muy precisa. Quienes pudieron reunir recursos económicos migraron a destinos más lejanos, como Estados Unidos, Argentina, Brasil o Chile. En cambio, “los inmigrantes venezolanos que han venido a Colombia son de los sectores más populares o más vulnerables que en muchos casos emigraron a pie”. Esa imagen da cuenta no solo de una migración masiva, sino también del carácter profundamente desigual de esa movilidad humana.

 

En su lectura, la crisis venezolana dejó una marca territorial muy visible en Colombia y se convirtió en un factor social de gran peso, tanto por la cantidad de personas como por la precariedad de buena parte de quienes llegaron. También señala que existió cierta expectativa reciente de retorno, aunque por ahora lo que predomina sigue siendo la permanencia de una migración extendida y fuertemente arraigada en los márgenes urbanos.

 

Guerrillas, narcotráfico y una complejidad que desde afuera no se comprende del todo
Uno de los pasajes más ricos de la entrevista aparece cuando empieza a hablar de seguridad, territorio y conflicto armado. Allí reconoce algo importante, vivir en Colombia le permitió entender mejor la dificultad de resolver ciertos problemas que, vistos desde Argentina, a veces parecen más simples de lo que son. Cuenta que visitó una zona turística del eje cafetero y le llamó la atención la fuerte presencia de militares con armas largas. Cuando preguntó el motivo, le explicaron que en zonas cercanas todavía operaban grupos guerrilleros armados. “Cuando ves la espesa montaña y selva que hay en esos lugares, es prácticamente imposible poder encontrarlos o combatirlos”, dice.

 

A partir de esa experiencia concreta, entiende mejor por qué Colombia no logra cerrar del todo el capítulo de las guerrillas y el narcotráfico. Habla también del conflicto en la frontera con Ecuador, donde “los grupos guerrilleros cortan la ruta y deciden ellos quién pasa o quién no pasa”, o incluso toman pueblos enteros en la montaña. Esa descripción muestra que el problema no pertenece solo al pasado, sino que sigue teniendo expresiones activas en determinadas regiones.

 

Al profundizar en la historia política de estas organizaciones, aporta una mirada que evita simplificaciones. Recuerda que muchos grupos armados surgieron en las décadas del 70 y 80 como consecuencia de un sistema político cerrado entre liberales y conservadores, donde prácticamente no había alternancia democrática real para otras fuerzas. En ese contexto aparecen las FARC, el ELN y el M-19. Luego, con la reforma política de los 90, algunas organizaciones, como el M-19, dejaron las armas y se transformaron en fuerza política legal. Otras, en cambio, se vincularon cada vez más con el narcotráfico, ya sea como protección armada o como actores directos del negocio.

 

Por eso insiste en que el fenómeno colombiano no puede reducirse a las imágenes de Pablo Escobar. “Ya no hay más ese país de Pablo Escobar”, sostiene, aunque aclara que el narcotráfico sigue siendo poderoso y que buena parte de los sectores más adinerados aún cargan con esa marca. De hecho, cuenta que en la propia Universidad Icesi funciona como aula y comedor una antigua mansión de un narcotraficante expropiada por el Estado. Esa escena le permite visualizar de manera muy concreta “el nivel de vida que tenían realmente los narcotraficantes acá en Colombia”.

 

Argentina vista desde Colombia, entre el fútbol, la cultura y Milei


En el tramo final de esta primera parte aparece una dimensión más identitaria. ¿Cómo ven los colombianos a los argentinos? Su respuesta se ordena en dos planos. Por un lado, rescata lo que llama el “poder blando” de la Argentina. “No tenemos poder económico, no tenemos poder militar, pero sí tenemos un poder blando muy importante que es la cuestión cultural y del fútbol”, afirma. Y lo comprueba en la vida cotidiana. Todos conocen a Maradona, a Messi, al mate, al asado y al Papa Francisco. También se encuentran con camisetas argentinas por todos lados, desde la selección hasta clubes como River, Boca, Independiente o Racing.

 

Pero junto a ese reconocimiento positivo aparece otro nombre que genera curiosidad. “Cuando uno cuenta que estudia ciencia política, lo primero que te preguntan es por Milei”, señala. Según cuenta, el presidente argentino tiene una visibilidad internacional muy marcada, aunque no necesariamente por los resultados de su gestión, sino por su estilo, sus gestos y su permanente exposición. “Muchos me preguntan si realmente está tan loco como parece”, dice, mostrando cómo su imagen circula internacionalmente a través de fragmentos, redes sociales, motosierra, gritos y vínculos con figuras como Trump o Elon Musk.

 

Su interpretación es clara. No cree que Javier Milei sea conocido globalmente por las transformaciones que está produciendo en la Argentina, sino más bien por la espectacularización de su figura. Esa visibilidad lo vuelve reconocible, pero también simplifica su lectura desde afuera, donde se lo asocia más con lo llamativo que con un análisis profundo de su gobierno.

 

Un mundo al borde y una guerra mundial en cuotas


La primera parte cierra con una reflexión internacional de mucho peso. Cuando se le pregunta por la posibilidad de una nueva guerra mundial, toma una idea muy fuerte. “Uno se podría agarrar un poco de lo que planteaba el Papa Francisco, esto de la tercera guerra mundial en cuotas”, afirma. Para él, el mapa global actual muestra justamente eso, una multiplicación de conflictos abiertos que no encuentran salida diplomática clara.

 

Enumera el conflicto entre Rusia y Ucrania, la situación de Gaza y Palestina, la tensión entre Israel, Líbano e Irán, y el papel de Estados Unidos en todos esos escenarios. También menciona las discusiones que tiene en clase con un profesor formado en la Unión Soviética y con experiencia en la ONU, a partir de las cuales vuelve siempre la misma conclusión. La ONU muestra una enorme impotencia para imponer soluciones pacíficas y hacer respetar su propia carta fundacional. “Uno realmente ve una guerra mundial en cuotas”, resume, porque hay muchos conflictos simultáneos, muchos intereses cruzados y muy pocas señales de resolución cercana.

 

Desde ahí también lee la estrategia de Irán, a la que entiende como una respuesta asimétrica. No cree que pueda ganar militarmente, pero sí que busca “lograr el mayor desgaste posible” sobre Israel, Estados Unidos y sus aliados, regionalizando el conflicto y usando herramientas como la presión sobre el estrecho de Ormuz para afectar mercados y generar costos globales.

 

En ese análisis aparece una mirada geopolítica bastante fina, pero también una intuición de época. El mundo no está entrando en una guerra total de una sola vez, sino en una acumulación de conflictos que se conectan, se regionalizan y se internacionalizan por partes. Y eso, para él, es lo que vuelve tan incierto el presente.

 

Oriente Medio, una guerra desigual que no encuentra salida


Luis Gatti retoma el conflicto en Medio Oriente desde una idea que ya había planteado antes, la imposibilidad de pensar esta guerra como un enfrentamiento entre iguales. “Es una guerra totalmente asimétrica”, afirma, porque mientras Irán logra hacer ingresar “uno o dos misiles”, del otro lado existe “una ventaja militar y tecnológica muy grande”. Aun así, interpreta que la estrategia iraní no pasa por ganar en términos clásicos, sino por “lograr el mayor desgaste posible” sobre Estados Unidos, Israel y sus aliados regionales.

 

En esa lógica ubica el conflicto en el estrecho de Ormuz y los ataques a instalaciones energéticas. Según su análisis, Irán busca regionalizar la guerra, encarecer el petróleo y trasladar el costo del conflicto a Europa, China y el resto de los actores globales, con la expectativa de que esas presiones obliguen a negociar. Pero esa jugada defensiva convive con otra realidad más brutal. Del lado israelí, dice, no hay mayores reparos morales ni estratégicos a la hora de avanzar. “Israel no tiene ningún tipo de problema ni de cuestión moral de imponerse por la fuerza”, señala, al describir los bombardeos sobre Gaza y el sur del Líbano.

 

Cuando menciona los desplazamientos forzados en territorio libanés, la dimensión humanitaria aparece con toda crudeza. Habla de “más de 700.000 desplazados en un país de 6 millones de personas”, una cifra que en su lectura muestra hasta qué punto el conflicto está produciendo devastación social sobre países ya golpeados por crisis previas. Por eso insiste en que, aun si se alcanzan treguas o altos el fuego, “son conflictos que en el corto o mediano plazo se van a volver a instalar”.

 

Trump, costos políticos y una guerra que no logra legitimidad


En ese escenario, el papel de Estados Unidos aparece lleno de tensiones. Luis no cree que Donald Trump esté en condiciones de sostener una invasión terrestre prolongada en Irán. “No sé si va a poder pagar los costos políticos de enviar soldados norteamericanos y que mueran soldados norteamericanos en Irán”, advierte. Trae a la memoria las experiencias de Afganistán e Irak como antecedentes que dejaron una lección amarga para la política exterior estadounidense.

 

Por eso, aunque reconoce que se habla de tropas de élite y operaciones especiales, descree de una ocupación a gran escala. “No creo que se dé una invasión terrestre”, sostiene, y la compara con el caso venezolano, donde hubo intervención, captura y presión, pero sin una ocupación territorial extendida. Además, recuerda que en noviembre hay elecciones de medio término en Estados Unidos y que cualquier escalada bélica de alto costo puede volverse un problema electoral serio para Trump.

 

A eso se suma otro dato importante, la dificultad para conseguir aliados. Aunque el cierre del estrecho de Ormuz perjudica fuertemente a Europa, “cuando Donald Trump los convocó para hacer una gran coalición… la gran mayoría le dijo que no”. Luis interpreta eso como una señal clara de debilidad diplomática. “Estados Unidos está teniendo dificultades para legitimar esta guerra”, dice, y remarca que incluso dentro de la OTAN el acompañamiento fue mucho menor al esperado.

 

También observa una contradicción central en el relato del propio presidente norteamericano. “Ese discurso de pacifista y de no intervención se le está terminando de romper”, afirma, recordando que hasta hace poco Trump buscaba mostrarse como un líder capaz de sacar a Estados Unidos de los grandes conflictos globales. Hoy, por el contrario, aparece reinsertando tropas, promoviendo operaciones y ampliando frentes de intervención.

 

China, paciencia estratégica y la verdadera disputa por la hegemonía


Frente a ese despliegue de Estados Unidos, Luis mira a China como un actor de otra naturaleza. “Los chinos en eso tienen paciencia”, dice, marcando una diferencia cultural y política de fondo. No cree que Beijing vaya a entrar en aventuras militares en escenarios ajenos a sus prioridades estratégicas. Para él, la apuesta china sigue siendo “la cuestión de la economía”, con expansión a través de préstamos, obras de infraestructura y vínculos comerciales que han transformado de manera notable el mapa global de los últimos veinte años.

 

Plantea incluso que el principal conflicto para Estados Unidos no está en Irán, sino en la competencia estructural con China. “El principal enemigo de Estados Unidos hoy… es China”, sostiene, y recuerda las guerras comerciales impulsadas por Trump, tanto en su primera presidencia como en la actual. Desde su mirada, Washington se está desviando de ese objetivo al enredarse en conflictos secundarios que no puede resolver fácilmente y que, además, desgastan su capacidad política y militar.

 

Del lado chino, en cambio, ve una agenda mucho más enfocada. “Ellos creo que están enfocados en el principal conflicto geopolítico que tienen, que es el tema de Taiwán”, afirma. Todo lo demás, incluso Rusia o Irán, aparece subordinado a ese objetivo mayor. China no se involucra a fondo, no porque no tenga capacidad, sino porque su estrategia histórica no pasa por la sobreactuación militar inmediata, sino por la acumulación paciente de poder económico, tecnológico y territorial.

 

Rusia, Ucrania y una guerra que excede a los ucranianos


Sobre Rusia, Luis sostiene que el error inicial de Putin fue subestimar tanto la resistencia ucraniana como el nivel de involucramiento occidental. “Putin pensó que iba a ser mucho más fácil la guerra de Ucrania”, dice, convencido de que el Kremlin imaginó una operación rápida, con caída de Kiev y cambio de régimen. Nada de eso ocurrió.

 

Sin embargo, al mismo tiempo rechaza la idea de que se trate solo de una guerra entre Rusia y Ucrania. “Esto no es una guerra entre Rusia y Ucrania, es una guerra entre Rusia y la OTAN”, afirma, dejando en claro que los soldados pueden ser ucranianos, pero el armamento, el financiamiento y el respaldo estratégico vienen de Europa y Estados Unidos. En ese sentido, la resistencia ucraniana no puede entenderse sin la intervención masiva occidental.

 

Aun con sanciones, aislamiento y desgaste, no observa un colapso ruso. “La economía rusa no se desplomó”, señala, y agrega que Moscú reconfiguró rápidamente sus socios energéticos y comerciales, desplazando parte de sus vínculos desde Europa hacia China e India. Por eso considera que, más allá del costo humano y económico, Rusia “la viene llevando bastante bien” para el tipo de enfrentamiento que tiene por delante. En esa formulación, lo que aparece es la persistencia de un actor que, aunque golpeado, no fue neutralizado ni estratégica ni económicamente.

 

Turquía, Arabia Saudita y el reacomodamiento silencioso del poder regional
Una de las observaciones más interesantes de esta segunda parte aparece cuando analiza el rol de Turquía. Para Luis, hay que “poner un poco la lupa ahí”, porque se trata de un actor cada vez más activo y con creciente influencia. Menciona su vínculo con Pakistán y Arabia Saudita, su peso sobre el cambio de régimen en Siria y su capacidad para frenar ciertas escaladas militares, incluso negando el paso a aviones estadounidenses en el marco del conflicto con Irán.

 

Lo que ve en Turquía es una intención de ordenar Medio Oriente desde una lógica propia. “Lo que plantean los turcos es que siempre son las potencias extranjeras las que hacen que no sea una región estable”, explica. En esa lectura, ni Israel ni Estados Unidos aparecen como factores de pacificación, sino como potencias que prolongan la fragmentación regional.

 

A partir de ahí, vuelve sobre un punto decisivo, si Medio Oriente tuviera estabilidad política y cooperación interna, sería una región mucho más influyente de lo que ya es. “Manejan principalmente los recursos energéticos”, recuerda, y agrega que el petróleo y el gas siguen siendo decisivos para la producción mundial. En otras palabras, la inestabilidad no solo destruye vidas y territorios, también impide que esa región actúe con toda su fuerza geopolítica.

 

África, colonialismo persistente y disputas que el mundo prefiere no mirar
Luis también pone el foco en África, una región que, según su mirada, suele quedar “muy relegada de la agenda internacional”, aunque allí también se juegan intereses decisivos. Menciona el caso de Sudán, donde Arabia Saudita, Turquía, Emiratos Árabes e Israel intervienen, directa o indirectamente, en una guerra civil que excede lo local. Lo mismo señala para Somalia y otros escenarios africanos donde las potencias regionales y globales dirimen poder sin demasiada visibilidad internacional.

 

Pero también rescata procesos políticos que le parecen especialmente interesantes, como los nuevos gobiernos nacionalistas en países del Sahel, especialmente Burkina Faso y Níger. Habla de discursos “fuertemente panafricanistas y nacionalistas”, orientados a recuperar control sobre empresas, recursos y economías históricamente subordinadas a intereses franceses. Ahí aparece una lectura muy clara, África no es solo un espacio de tragedias y guerras, sino también un territorio donde se están ensayando respuestas soberanas frente al viejo colonialismo.

 

En ese marco, uno de los hechos que más lo impacta es la votación en Naciones Unidas de la resolución impulsada por Ghana para reconocer la esclavitud como el mayor crimen de la humanidad. Remarca que fue aprobada por amplia mayoría y que solo tres países votaron en contra, “Estados Unidos, Israel y Argentina”. Para él, ese voto argentino es “realmente cuestionable”, no solo por razones históricas y morales, sino también por pura incoherencia diplomática. Recuerda que muchos países africanos acompañan a la Argentina en la cuestión Malvinas, mientras que Estados Unidos e Israel votan sistemáticamente con el Reino Unido. En ese sentido, ve en el alineamiento de Milei con Washington y Tel Aviv una política exterior que ya está teniendo costos concretos sobre intereses nacionales de largo plazo.

 

Brasil, Petro, Cuba y la necesidad de una América Latina que se plante
En contraste con esa subordinación argentina, Luis rescata las posturas de otros liderazgos latinoamericanos. Lo de Brasil, dice, “es realmente envidiable”. Destaca a Lula como un actor fuerte, con iniciativa internacional, presencia en los BRICS, voz propia frente a la Unión Europea y posiciones claras sobre Palestina, redes sociales y multilateralismo. “Uno ve un Brasil fuerte”, resume, y lo contrapone con una Argentina alineada a agendas ajenas.

 

Lo mismo marca en el caso de Gustavo Petro. Cuenta que le tocó vivir en Colombia el momento de tensión con Trump por la captura de Maduro y que, lejos de humillarse, Petro “se plantó ante esa discusión”. Valora especialmente que fuera a la Casa Blanca a “plantear la agenda de su país”, sin sobreactuaciones serviles ni gestos de subordinación. Para él, esa actitud es la que hoy debería inspirar a América Latina, presidentes que representen intereses nacionales y regionales, no que busquen validación personal ante Washington.

 

En ese mismo plano ubica a Claudia Sheinbaum y, desde otro lugar, también a Silvio Rodríguez. Sobre Cuba tiene palabras muy firmes. Recuerda el bloqueo, la crisis humanitaria actual y la presión permanente de Estados Unidos, pero al mismo tiempo destaca que, incluso en esas condiciones, la isla desarrolló políticas sociales “sumamente interesantes con respecto a la salud, al deporte y a la educación”. Y frente a la amenaza de intervención, rescata la actitud del músico cubano, dispuesto incluso a defender la revolución con su propio cuerpo. “Siempre es destacable cuando un artista no solamente se la juega con su música sino también se la juega en carne propia por los intereses de su país”.

 

Ahí, la entrevista se cierra con una idea más amplia, la necesidad de una América Latina que no agache la cabeza, que se plante, que construya alianzas propias y que no entregue su voz por alineamientos automáticos. En ese punto, la experiencia colombiana le permitió a Luis no solo mirar otro país, sino también repensar desde afuera el lugar que está ocupando hoy la Argentina en el mundo.

 

Fuente: En exclusivo con Revista Vértices.

 

Aclaración: La entrevista fue realizada a fines del mes de marzo.

 

 

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