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Desigualdad heredada, memoria en disputa a 50 años del golpe

Clarisa Duarte, oriunda de Río Cuarto, hija de desaparecidos del último golpe cívico-militar, integrante de comisiones, organizaciones y espacios vinculados a la defensa y promoción de los derechos humanos, pone en palabras una preocupación que atraviesa generaciones. A 50 años del golpe, advierte que no solo persisten debates sobre la memoria, sino también políticas económicas que siguen impactando en el presente. Entre conquistas, tensiones y nuevas disputas culturales, su testimonio vuelve a ubicar la memoria como una herramienta activa para comprender y transformar la realidad.

La memoria como punto de partida


“Creo que es muy importante que los jóvenes se conozcan la historia”, sostiene con claridad. No se trata de un ejercicio académico ni de una evocación nostálgica, sino de una necesidad política y social. “El presente de hoy tiene mucho que ver con la que pasamos”, afirma, dejando en evidencia que las condiciones actuales no pueden comprenderse sin mirar hacia atrás.

 

En ese sentido, advierte que el pasado sigue operando en el presente. La historia, entonces, no está cerrada, sino que continúa proyectándose sobre la vida cotidiana bajo otros esquemas de violencia.

 
Una sociedad más justa


Frente a una pregunta recurrente, la respuesta es directa y sin rodeos. “Nuestros padres querían eso, construir una sociedad mejor para lograr la igualdad”. Esa definición no solo reconstruye el sentido de una generación, sino que también establece un contraste con el presente.

 

“Hoy por hoy es una sociedad muy desigual, que afecta muchísimo a las clases más humildes”, señala, y agrega que incluso sectores medios y trabajadores ven deteriorados sus derechos. En ese marco, el compromiso de aquellos militantes adquiere otra dimensión. “Ellos creían que se podía cambiar esa realidad y se comprometieron para eso”.

 
Desmemoria y silencio social


Uno de los principales desafíos aparece con nombre propio. “La desmemoria en muchos casos, el no querer hablar, el silencio de muchos que tendrían que estar hablando”. No se trata solo de una disputa histórica, sino de una tensión actual en la construcción de sentido.

 

Aun así, no todo es retroceso. “Se vio en el 2x1, por ejemplo, salió la gente a la calle”. La sociedad, en momentos clave, reacciona. Y ese comportamiento vuelve a proyectarse. “Creo que este 24 de marzo va a haber mucha gente que también sale a la calle”.

 
Juventud, nuevas formas y continuidad de la lucha


Lejos de una mirada pesimista, aparece un reconocimiento a las nuevas generaciones. “Veo a muchos jóvenes comprometidos con la memoria… me ponen muy contenta”. Esa continuidad no es lineal ni tradicional. “Ellos generan nuevos canales, nuevas formas”.

 

Streaming, arte, música, cine, teatro. “Hay muchas formas en donde rescatan esto”. La memoria se resignifica y se actualiza. Y eso, lejos de debilitarla, la fortalece. “No creo para nada que todo esté perdido. Al contrario, creo que hay muchas cosas que se han ganado”.

 
Negacionismo y disputa por el sentido


El conflicto no es abstracto. Tiene actores y discursos concretos. “Los discursos de odio son impartidos por una minoría que no quiere que se sepa lo que realmente pasó”. En ese marco, el negacionismo aparece como una estrategia.

 

“Cuando yo escucho una cifra, 8.000 en vez de 30.000, se basan en eso, en cosas que no quieren decir”. La crítica apunta a lo que se omite. “El robo de bebés, mantener cautivos a los desaparecidos… un montón de cosas que pasaron terribles”.

 

A pesar de ello, mantiene una posición clara. “No es la gran mayoría que hoy piensa que esas cosas van a pasar”. La disputa existe, pero no está saldada en favor del olvido.

 
Memoria como construcción colectiva


La memoria no se limita a los organismos de derechos humanos. “Que sea la misma sociedad que traslade, que sean los maestros, los actores sociales, los sindicatos”. La responsabilidad es colectiva.

 

En ese proceso, también reconoce avances concretos. “Que tengamos sitios de memoria también es una conquista”. “Que hayan aparecido nuestros compañeros… también es una conquista”. Cada logro forma parte de una construcción sostenida en el tiempo.

 
Derechos en tensión y democracia en alerta


El análisis no se detiene en el pasado. Se proyecta sobre el presente político. “Al principio de este gobierno… estuvimos bastante tristes”. La preocupación se vincula con retrocesos simbólicos e institucionales.

 

“Mucha avanzada sobre símbolos… sobre el Banco Nacional de Datos Genéticos… ataques a las madres y abuelas”. Ese escenario obligó a reactivar una lucha que parecía saldada. “Teníamos que volverlo a decir, volver a dar otra batalla”.

 

Sin embargo, marca un límite claro. “No vi que atentara contra la democracia, pero sí en la convivencia democrática”. La tensión no es institucional, sino cultural y social.

 
La democracia como valor en disputa


Hay una advertencia final que atraviesa toda la reflexión. “Me preocupa a veces que no se valore la democracia tal como se la tuviera que valorar”. La democracia no es un dato natural, sino una construcción histórica.

 

“Tuvimos que pasar mucho tiempo, muchas cosas, para sostener esta democracia”. Esa experiencia acumulada es la que hoy se pone en juego.

 
Memoria viva, lucha presente


El cierre vuelve al punto inicial, pero con mayor profundidad. “El compromiso de siempre y el compromiso con la causa siempre va a estar”. No es una consigna, es una definición de vida.

 

“Es un lugar en donde como familia hemos puesto la vida, pero también es en el que hemos querido estar”. La memoria, entonces, no es solo pasado. Es presente activo, disputa cotidiana y horizonte político.

 

 
Fuente: en exclusivo para Revista Vértices.

 

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