Día del Lector: cuando leer también significa encontrarse por Facundo Oviedo
PRIMERA PARTE | Leer en comunidad
Literatura y política: aquello que se cuela entre las páginas
Facundo Oviedo transita la etapa final de la Licenciatura en Letras de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), orientado hacia la literatura clásica y con la tesina como último paso pendiente. Paralelamente, lleva adelante talleres que trasladan parte de ese recorrido académico hacia una experiencia abierta, gratuita y colectiva.
“Acá estamos haciendo un taller de literatura y política para hacer una lectura especialmente de la literatura argentina, pero también de literatura latinoamericana”, explica el estudiante. La propuesta busca indagar las implicancias existentes entre ambos campos y reconocer “cómo la política se cuela” en los diferentes textos.
No necesariamente se trata de buscar obras explícitamente políticas. El ejercicio consiste también en observar cómo los conflictos, acontecimientos y preocupaciones de una determinada época terminan dejando sus marcas dentro de aquello que una sociedad escribe y, posteriormente, vuelve a leer.
El hambre, la literatura y problemas que atraviesan el tiempo
Las realidades históricas cambian y el entrevistado no establece equivalencias automáticas entre momentos diferentes. Sin embargo, encuentra en la literatura una posibilidad para reconocer problemáticas sociales que reaparecen bajo distintas formas.
Como ejemplo menciona uno de los primeros poemas escritos en el territorio argentino, donde aparece una denuncia vinculada con “el hambre y los padeceres” atravesados durante la fundación de Buenos Aires. Esa problemática, señala, aparece posteriormente reflejada en El hambre, de Manuel Mujica Lainez.
“A medida que vamos leyendo los diferentes textos en este taller de lectura, vemos cómo la literatura sirve como vehículo de diferentes mensajes políticos”, sostiene el futuro licenciado.
Leer permite así encontrarse con una obra, pero también aproximarse a las tensiones sociales, culturales y políticas existentes alrededor del momento en que fue producida.
Una lectura sin alguien que “baje” el conocimiento
La particularidad de estos espacios no reside únicamente en qué se lee. Para Oviedo resulta igualmente importante la manera en que se produce ese encuentro alrededor de los textos.
“La idea es hacer una lectura comunitaria, que no sea tanto esa visión de que alguien que sabe baja verticalmente una información”, explica.
Aunque reconoce que necesariamente alguien termina coordinando el taller, intenta que esa función no establezca una jerarquía rígida entre quien supuestamente posee el conocimiento y quienes llegan para recibirlo.
“Empezamos a hacer lecturas, digamos, horizontales, donde todos más o menos estamos en igualdad de condiciones”, señala.
De esa manera, las interpretaciones pueden surgir tanto del conocimiento previo como de la intuición de quien acaba de encontrarse con determinada obra.
Leer también es escuchar aquello que encontró el otro
“Hacemos una lectura comunitaria y compartimos la visión, a veces desde la intuición, a veces de ciertos conocimientos”, describe el coordinador sobre la dinámica.
La horizontalidad supone que ninguna interpretación inicial clausure necesariamente las demás. Cada participante puede aportar una observación capaz de ampliar aquello que otro encontró en el mismo cuento, poema o ensayo.
“En esa horizontalidad se ve esta lectura comunitaria, que no hay tanta bajada vertical”, resume, recurriendo con humor a esas “nociones geométricas” para diferenciar ambas formas de aproximarse a la literatura.
El libro deja así de funcionar únicamente como un vínculo individual entre texto y lector. Alrededor suyo aparece una pequeña comunidad capaz de discutir, interpretar y construir sentidos diferentes.
“Textos Breves y Lecturas Infinitas”
Esa misma concepción se traslada a otro espacio que coordina: “Textos Breves y Lecturas Infinitas”, un taller libre y gratuito donde se recorren diferentes autores argentinos a partir de cuentos, poemas y ensayos relativamente cortos.
Una de sus características facilita especialmente la participación: no hace falta llegar con las obras previamente leídas. “Nos juntamos a leerlos, nos repartimos la lectura y después ponemos en común lo que nos parece”, cuenta.
Esa modalidad habilita también a quienes nunca tuvieron contacto con determinado autor. Y lejos de considerar esa falta de antecedentes como una desventaja, el estudiante encuentra allí una posibilidad particularmente enriquecedora.
“Siempre van surgiendo cosas muy interesantes”, destaca.
Lo que descubre quien lee por primera vez
Oviedo habla de una lectura, “entre comillas, virginal”, para referirse a aquella persona que se enfrenta por primera vez con una obra, sin interpretaciones previas que condicionen necesariamente ese encuentro.
Esa primera aproximación puede encontrar aspectos que pasaron inadvertidos incluso para lectores experimentados. Alguien que llega por primera vez, explica, “logra encontrar cosas que uno que por ahí leyó muchas veces no las vio antes”.
“Entonces esa puesta en común es más que interesante”, afirma.
La experiencia deja una primera definición para este Día del Lector: leer no necesariamente significa saber más que otro sobre un libro. También significa estar dispuesto a poner la propia interpretación en diálogo con aquello que los demás encontraron en sus páginas.
SEGUNDA PARTE | Borges, el lector que conduce hacia otros libros
“Creo que es el mejor lector del siglo XX”
Cuando la conversación se traslada específicamente hacia el Día del Lector, aparece Jorge Luis Borges. Para el estudiante de Letras, su importancia no radica solamente en aquello que escribió, sino en la extraordinaria presencia que tuvieron sus propias lecturas dentro de su producción literaria.
“Con respecto a Borges y a esta fecha, hay que pensar que es, creo yo, el mejor lector del siglo XX.”
También lo define como “un escritor para lectores, para lectores que realmente les gusta leer”, porque permanentemente incorpora a sus páginas aquello que descubrió previamente en otros libros.
“Él en su obra vive hablando de todo aquello que lee y nos vive remitiendo a otras lecturas”, explica.
Y enumera parte de ese universo: “Él siempre te manda a leer a Chesterton, te manda a leer a Stevenson, a Oscar Wilde, a Walt Whitman, al Martín Fierro, al Quijote y a tantas otras obras que forman parte de su propio universo”.
Un escritor “generoso con el lector”
En esa capacidad para llevar de un libro hacia otro encuentra una de las características fundamentales del escritor argentino. “Eso es lo increíble que tiene Borges, que todo aquello que él toca lo vuelve literatura.”
Pero inmediatamente agrega otra definición: “Es un tipo de escritor generoso con el lector, porque siempre te está proponiendo nuevas lecturas”. Esa generosidad alcanza también a aquellos autores que admiraba. “Es también generoso con los otros escritores, obviamente con los que a él le gustaban”, explica.
Borges aparece entonces no como el punto final de un recorrido literario, sino como alguien que permanentemente abre puertas dentro de una biblioteca: llegar a uno de sus textos puede significar salir de allí buscando a Chesterton, Stevenson, Wilde, Whitman, Cervantes o el Martín Fierro.
Un Virgilio dentro de una biblioteca infinita
Para describir esa función, Oviedo recurre a una comparación literaria: el lugar que ocupó Virgilio como guía de Dante durante su recorrido por los círculos del infierno en la Divina Comedia.
“Es una especie de guía que nos facilita el trabajo, es una especie de Virgilio, de lo que era Virgilio para Dante, que lo guió mientras recorre los distintos círculos del infierno.”
Desde allí construye una de las imágenes más potentes de su reflexión: “Borges nos guía a nosotros en una especie de biblioteca infernal e infinita.”
“Eso es lo que creo yo que habría que rescatar”, sostiene.
La metáfora permite pensar al lector como alguien cuyo recorrido nunca termina definitivamente. Detrás de una obra aparece otra, una referencia conduce hacia otro autor y aquello que parecía conocido puede abrir nuevamente una puerta.
Reivindicar la literatura más allá de las diferencias
La reivindicación adquiere otra dimensión cuando el entrevistado introduce las diferencias políticas que puede mantener con Borges. En este caso, reconoce explícitamente esa distancia con otras miradas como puede ser la peronista.
“Con respecto a lo que hay que reivindicar, uno tiene que olvidarse un poco, dejar de lado o no prestarle tanto atención a las diferencias, especialmente ideológicas, que se puede tener con él, sobre todo uno siendo peronista.”
Para el futuro licenciado, esa distancia tampoco se limita necesariamente a la política. Puede extenderse a los gustos literarios e incluso a cuestiones cotidianas. “También a veces hay diferencias hasta de gusto literario, o incluso, no sé, si a uno le gusta el fútbol también, ¿qué importa si a Borges no le gustaba?”
“Obviamente que sería preferible que pensara en todo como uno”, ironiza, antes de establecer aquello que considera verdaderamente relevante: “Pero lo importante es su literatura, y eso es lo que uno tiene que rescatar.”
Dolina y una respuesta sobre Borges
Para reforzar esa idea, el estudiante recupera una anécdota atribuida a Alejandro Dolina acerca de la aparente contradicción entre reconocerse peronista y, al mismo tiempo, admirar profundamente al autor de Ficciones.
“Dolina dice, en algún momento le preguntaban cómo él, siendo peronista, podía leer a Borges. Y él lo que contesta es que ‘yo soy peronista, pero no soy tonto. Y Borges es el mejor de todos’.”
Más allá de la referencia, aquello que rescata es el argumento de fondo: una diferencia ideológica no necesariamente debería convertirse en una frontera que impida encontrarse con una gran obra literaria.
Una obra que hace pensar y disfrutar
“Lo que hay que reivindicar es su obra, porque nos hace pensar, nos hace disfrutar”, afirma el entrevistado. Y suma otra referencia literaria, esta vez de Augusto Monterroso, para describir una de las sensaciones que puede experimentar quien se aproxima al universo borgeano.
Según recupera Facundo, entre los “beneficios y maleficios” que presenta su obra existe uno especialmente particular: “Uno de los beneficios es que al leerlo nos sentimos un poquito más inteligentes”.
La frase adquiere una resonancia particular en el Día del Lector. No porque leer otorgue automáticamente una condición intelectual superior, sino porque Borges empuja permanentemente hacia nuevas referencias, autores, preguntas y conocimientos.
Del fervor de leerlo al trabajo de estudiarlo
En el caso del estudiante platense, esa admiración por Borges también ingresó al terreno académico. “Con respecto a su influencia en mí, es enorme, al punto de que lo estudio”, reconoce.
“No solamente lo leo con fervor y placer, sino que además lo estudio.”
Actualmente participa de una investigación con la Biblioteca Nacional centrada en los textos que Borges publicaba originalmente en diarios y en las diferencias que posteriormente aparecen cuando esos escritos llegan a sus libros.
“Ahora estamos haciendo una investigación con la Biblioteca Nacional sobre los textos que Borges publicaba en los diarios, porque tiene muchas diferencias con los textos que él después termina publicando en sus libros”, explica.
El Borges de los diarios y el Borges de los libros
El procedimiento resulta especialmente interesante porque permite reconstruir la manera de trabajar del escritor.
“La forma de proceder de Borges era: él publicaba en diarios y revistas, y una vez que acumulaba muchos textos, los juntaba y los sacaba, ya sea en libros de poemas, en libros de cuentos o en libros de ensayos.”
Sin embargo, ese traslado no era automático. Entre la primera publicación y su llegada posterior al libro podían producirse modificaciones significativas.
“Y eso es muy interesante porque vivía corrigiendo su propia obra.”
La investigación permite entonces seguir esas transformaciones y observar cómo un texto aparentemente terminado continuaba cambiando en manos de su propio autor.
Cambiar títulos, palabras e ideas
Comparar las distintas publicaciones permite acceder a ese proceso creativo de una manera especialmente concreta.
“Uno ve el recorrido de esas variantes, cómo él cambia los títulos, le cambia palabras, cambia ideas, agrega, saca, modifica”, enumera Oviedo.
No se trata solamente de descubrir alguna corrección menor. Las variantes permiten estudiar el recorrido de una escritura que Borges revisaba constantemente y observar cómo determinadas decisiones terminaban modificando la versión que finalmente llegaba al libro.
Para alguien que lo lee, pero también lo estudia, esas diferencias multiplican las posibilidades de aproximarse a su producción.
Una obra que parece infinita
La investigación termina conectándose curiosamente con aquella metáfora inicial de la biblioteca infinita. “Es algo enorme. Por eso su obra a veces parece infinita”, señala.
Incluso después de recorrer extensamente sus libros, las publicaciones originales pueden revelar nuevas versiones, palabras diferentes o modificaciones desconocidas.
“Uno piensa que leyó todo y siempre aparece alguna variante que cambia el texto original.”
Fuente: Entrevista de Revista Vértices a Facundo Oviedo, estudiante avanzado de la Licenciatura en Letras de la Universidad Nacional de La Plata y coordinador de talleres de lectura.
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