Elizabeth Theiler analiza la crisis universitaria y el riesgo de un retroceso histórico
Una universidad que se transforma en medio del ajuste
“La universidad está en una meseta en materia de lo que tiene que ver con la proyección, sobre todo de la infraestructura”, plantea la vicerrectora Elizabeth Theiler, al describir un presente marcado por límites materiales muy concretos. Sin embargo, aclara enseguida que esa quietud no implica inmovilidad, porque “sigue recreándose en todo lo que hace a la expansión en materia de la modificación de los modelos sobre los cuales transcurre la educación”.
Desde esa mirada, la dirigente universitaria explica que la institución viene adaptándose a nuevas condiciones sociales y pedagógicas. Habla del “pasaje de programas de carreras a modalidades más accesibles y más intuitivas para los tiempos actuales”, en función de una transformación permanente del perfil estudiantil.
En esa línea, remarca como ejemplo el avance de la modalidad a distancia y señala que “uno de los institutos como el de Humanas ha migrado completamente la totalidad de los espacios de posgrado al ofrecimiento también en su versión de modalidad distancia”. Para la entrevistada, estas decisiones muestran una transformación interna que no nace del capricho institucional, sino de “las exigencias de una nueva comunidad que es la que transita la vida universitaria”.
Ciencia y tecnología en estado de resistencia
Cuando pasa al plano científico, el diagnóstico se endurece. “La brecha presupuestaria respecto de presupuestos anteriores genera un mayor impacto negativo”, advierte, sobre todo en áreas donde la producción de conocimiento depende de continuidad, equipamiento e insumos específicos. Por eso afirma que muchos procesos “hayan tenido que ser resumidos a la mínima expresión”, especialmente en laboratorios donde los insumos “están cotizados en dólares”.
Aun así, no habla de parálisis total, sino de una resistencia cotidiana. “Estamos tratando de garantizar la continuidad de los procesos de investigación para no interrumpirlo porque la pérdida sería tremendamente importante”, sostiene. En esa misma sintonía, valora el esfuerzo de los equipos que “mantienen ese estado de la cosa para no ir para atrás, para no retroceder”. Incluso introduce una idea fuerte para pensar la coyuntura actual. “El hecho de sostener los temas y los espacios de investigación aunque sea en una mínima expresión, en estos contextos, es crecer”. La frase resume una etapa donde sostener ya no es conservar, sino defender una plataforma básica para que el retroceso no sea irreversible.
Universidad, trabajo y desarrollo en una economía cada vez más compleja
La vicerrectora no limita su análisis a la cuestión presupuestaria. Insiste en que el sistema universitario “es clave para el desarrollo del país”, no solo por la movilidad social ascendente, sino porque el mundo del trabajo exige una formación cada vez más específica. En ese punto, advierte que “si no lo acompañás de una matriz del conocimiento que te vaya formando para esa matriz específica, claramente la expansión de una empresa se va a ver imposibilitada”.
También subraya el papel de la extensión universitaria, a la que define como el área que “primero advierte cuáles son las necesidades”, incluso cuando todavía no están formalizadas en carreras o titulaciones. Allí la universidad aparece como una institución que estudia “cómo se va transformando la demanda de una empresa, cómo se va transformando el perfil de los profesionales”, anticipando cambios antes de que impacten de lleno en el mercado laboral.
Theiler profundiza esta idea cuando explica que un país abierto al mundo no compite solo con sí mismo. “Cuando vos te abrís al mundo, te abrís a mayores complejidades y a mayores competencias”, sostiene. Y agrega que, si no existe una institución que “te sostenga el aval y la habilitación técnica de esas nuevas habilidades”, la crisis se traslada directamente “al empleo, al trabajo y a la imposibilidad de las empresas de trabajar solo en la mano de obra”. Su planteo es claro, sin universidad fuerte no hay desarrollo productivo sostenido.
Salarios, docentes y una fuga que ya empezó
Uno de los pasajes más delicados de la entrevista aparece cuando aborda la situación salarial. Allí explica que, si en un primer momento el impacto más fuerte cayó sobre los gastos de funcionamiento, “hoy ese impacto más cruel está dado sobre la dimensión del salario”. La causa es concreta. “Ya hemos perdido más del 40% del salario”, afirma, luego de “dos años continuados de inexistencia de una mesa paritaria o mesa de negociación”.
En ese contexto, la pregunta por la fuga de cerebros deja de ser abstracta. La docente reconoce que “fuga hay”, aunque aclara que no siempre se expresa como emigración internacional. Muchas veces se manifiesta de forma interna y silenciosa. “Hay algunas personas que ya han empezado a diversificar, es decir, ya no le dedican el 100% a la actividad universitaria o científica”, y eso, dice, “ya es una mediana fuga”. La imagen que utiliza es potente, porque muestra que el problema no siempre es la partida definitiva, sino la pérdida de dedicación exclusiva.
También observa una migración diferente en los jóvenes. “Hay una migración más interna que externa en los jóvenes más bien, no los profesionales científicos”, explica, y aclara que en algunos campos profesionalizantes aparece una absorción por parte del sistema privado. Aun así, insiste en que toda diversificación forzada representa una pérdida para la universidad y para la producción de conocimiento.
La universidad frente al modelo Milei
Hacia el tramo final, la reflexión se amplía y se vuelve más política. La entrevistada dice que no centraría el problema en una sola figura, porque “lo que me preocupa serían cuatro años más de un modelo”, al que define como “irreflexivo respecto a las características de la Argentina”. Desde su perspectiva, el problema es estructural y afecta de lleno a una sociedad “fuertemente arraigada a la idea de clase media”, con una economía basada en la PyME y en una red de producción mediana y pequeña.
Por eso sostiene que “no resiste claramente una apertura al mundo y mucho menos si persiste cuatro años más” bajo estas condiciones. A su juicio, ese costo cae “sobre la clase media” y termina afectando no solo lo económico, sino también “lo cultural y lo simbólico”.
En ese panorama, la universidad pública vuelve a ocupar un lugar decisivo. Advierte que con cuatro años más de este rumbo la universidad tendría enormes complicaciones. Y lo formula con una definición que sintetiza toda la entrevista, la universidad debe seguir siendo “un elemento y una necesidad democratizadora de acceso y de transformación”.
La dirigente universitaria concluye con una mirada que evita la condena fácil y apuesta a una revisión colectiva. “No hay culpables, hay responsables”, dice, y agrega que “la ciudadanía está a tiempo”. En ese cierre se condensa una posición que combina crítica al modelo, defensa de la universidad pública y confianza en que todavía es posible reconstruir un horizonte común.
Fuente: En exclusivo para Rvista Vértices.
Fuente: Foto El Diario Del Centro Del País
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