Entre la Tribuna y el Recinto: Crónica de un Show Anunciado
Como marca la tradición institucional, esa que todavía sobrevive en el calendario oficial, el pasado Domingo 1° de Marzo se llevó adelante la apertura del 144º período de sesiones ordinarias del Honorable Congreso de la Nación.
Con la presencia de funcionarios nacionales, ministros, legisladores de ambas Cámaras, gobernadores provinciales y demás figuras del elenco estable del poder, el presidente Javier Milei, acompañado por la vicepresidenta Victoria Villarruel y por su hermana Karina Milei, tomó la palabra en cadena nacional para pronunciar su discurso (si el término aplica) que, en teoría, inaugura formalmente las actividades legislativas.
El recinto colmado ofrecía un clima digno de transmisión deportiva: arengas con tono de tribuna por parte de sectores de La Libertad Avanza, reproches e insultos desde la oposición, y una atmósfera que poco tenía de solemne y bastante de espectáculo. Fiel a su estilo —no precisamente caracterizado por la institucionalidad, la mesura ni la rigurosidad técnica—, el Presidente ensayó la lectura de un texto que combinó la enumeración enfática de algunos logros atribuidos a la gestión 2025 con proyecciones apenas esbozadas para un 2026 que, por ahora, parece más declamado que planificado.
La apertura de sesiones ordinarias del Congreso no es simplemente un trámite constitucional ni un ritual doméstico destinado a cumplir con la formalidad del calendario político. En cualquier democracia presidencial, este acto funciona como una verdadera carta de presentación ante el mundo. No se trata solo de hablarle al Parlamento; se trata de hablarle a los mercados, a los organismos internacionales, a los gobiernos extranjeros y a una opinión pública global que observa, toma nota y saca conclusiones.
Cada palabra pronunciada desde el recinto es leída en clave política y económica por actores que definen inversiones, acuerdos y relaciones bilaterales. El mensaje presidencial, en este contexto, no es únicamente una enumeración de logros: es una señal de estabilidad (o de incertidumbre), de previsibilidad (o de improvisación), de institucionalidad (o de espectáculo).
Y es allí donde surge la preocupación. Frente a la ausencia de solemnidad y al reemplazo de la institucionalidad por un mero show, poco tenemos para ofrecer al mercado. Porque el mercado tan citado como destinatario privilegiado del rumbo económico en esta gestión, no compra arengas, compra confianza. No invierte en euforia, invierte en reglas claras. Cuando lo que se presenta es una obra de teatro de bajo presupuesto, solo consumistas del mismo rango podrían adquirir una entrada tan económica para una función que promete refundaciones y entrega confrontación.
A nivel nacional, el problema se profundiza. Un discurso que omite la apelación a la unidad nacional y que tensiona el vínculo con las provincias rompe con la posibilidad de construir un federalismo activo. Mientras algunas gestiones provinciales como la que impulsa en Córdoba nuestro gobernador Martín Llaryora insisten en un federalismo de cooperación y articulación, el mensaje que emana del Ejecutivo nacional parece inclinarse por la centralidad excluyente y la confrontación permanente.
¿De qué sirve una narrativa de enfrentamiento en tiempos donde el país necesita consensos básicos? ¿Qué fortaleza puede construirse sobre la base del agravio constante? La falta de apelación al diálogo interjurisdiccional y al acuerdo legislativo no es un detalle retórico: es un síntoma político. En una República, el Poder Ejecutivo necesita mayorías, acuerdos y puentes. Gobernar no es declamar; es construir.
Este gobierno ya ha naturalizado la conversión de actos institucionales en espectáculos. Parece ser parte de la inquietud del propio presidente Javier Milei, quien alterna escenarios políticos con escenarios mediáticos, desplazando el debate serio por la performance constante. En ese marco, el agravio deja de ser un exabrupto para convertirse en herramienta discursiva habitual: frases como “Chilindrina troska” o “kukas inútiles” no son deslices; son elecciones.
Pero el punto más delicado aparece cuando el acto, además de ordinario en las formas, se vuelve frágil en el contenido. La improvisación teatral esa mezcla de lectura desordenada, exabruptos y aplausos guionados no solo genera incomodidad estética: deja expuesta una desconexión preocupante con la realidad económica que atraviesa la sociedad.
Mientras se celebran supuestos indicadores de crecimiento y se exhibe el superávit fiscal como trofeo incuestionable, en la calle el salario pierde poder adquisitivo, el consumo cae y el trabajo escasea. Se niega el cierre de fábricas, comercios e industrias; se relativiza la pérdida de puestos laborales; se festeja una reforma laboral que de trabajo tiene poco y de empresariado tiene mucho. El relato habla de prosperidad futura, pero el presente muestra persianas bajas.
La denuncia vehemente a períodos gubernamentales anteriores por corrupción expresada incluso con calificativos como “manga de ladrones delincuentes” ocupa un lugar central en la narrativa oficial. Sin embargo, el señalamiento permanente hacia atrás no reemplaza la obligación de explicar el presente. Poco se dice del recorte de fondos en salud, de la paralización de la obra pública, del ajuste en educación. Poco se debate sobre el impacto social de esas decisiones.
Mientras tanto, en Córdoba algunos cuestionaban la duración de un video de veinte minutos que sintetiza avances concretos de gestión y planificación provincial. La crítica apuntaba al formato. A nivel nacional, en cambio, la discusión no gira en torno al tiempo de un resumen audiovisual, sino a algo más elemental: todavía cuesta identificar dónde está puesta la inversión estratégica. ¿En qué infraestructura? ¿En qué matriz productiva? ¿En qué políticas de desarrollo? ¿En qué generación genuina de empleo?
Porque no se trata solo de equilibrar cuentas, sino de orientar recursos. No alcanza con exhibir orden fiscal si no se visualiza un proyecto de crecimiento sostenible. No basta con cerrar números si no se abren oportunidades.
La apertura de sesiones debería ser el momento de mayor responsabilidad institucional, el espacio donde se trazan horizontes claros y se convoca a la construcción colectiva. Convertirlo en una función atravesada por la ordinariedad, la improvisación y la negación de las tensiones reales no fortalece al gobierno: debilita la confianza pública.
La estabilidad no se declama, se construye. El desarrollo no se actúa, se planifica. Y la inversión no se presume: se demuestra. Porque en definitiva, el país no necesita una puesta en escena convincente, sino un rumbo tangible que pueda sentirse más allá de los aplausos.
La pregunta entonces es inevitable: ¿dónde quedó la dimensión ética de la palabra presidencial? ¿Desde cuándo se normalizó que la máxima autoridad del país reduzca el intercambio democrático a la descalificación personal? La investidura no es un accesorio simbólico; es el núcleo de la representación del Estado. Cuando el micrófono amplifica el insulto en lugar de la propuesta, no se fortalece el liderazgo: se debilita la institucionalidad.
En un mundo interconectado, donde cada gesto es observado y cada palabra es evaluada, la apertura de sesiones debería ser un acto de reafirmación republicana. Convertirlo en espectáculo puede generar aplausos inmediatos, pero difícilmente construya la confianza duradera que el país necesita. Porque los mercados exigen previsibilidad, las provincias reclaman respeto y la ciudadanía espera algo más que una función más en la cartelera política.
Julieta Utrera
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