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Hablar del ambiente no alcanza cuando el modelo sigue destruyendo

Mónica Tissone, especialista e investigadora en educación ambiental, propone una lectura crítica del presente ecológico en el marco de la Semana del Día de la Tierra. Con más de dos décadas de trayectoria y una formación atravesada por el trabajo territorial, el pensamiento decolonial y la educación ambiental crítica, advierte que la crisis actual no es solo climática, sino también política, económica y civilizatoria.

Una crisis ambiental que también es colonial

 

Desde su enfoque crítico y decolonial, Mónica plantea que América Latina sigue atrapada en una lógica histórica de subordinación. “Le llamamos neoextractivismo, que es una reactualización del extractivismo que comenzo en el siglo XVI”, sostiene.

 

La especialista explica que los modelos extractivos llegan al sur global como promesas de inversión, trabajo y divisas, pero esconden una continuidad colonial. “Estamos muy expuestos a las lógicas del norte global”, señala, y advierte que esas propuestas no defienden la soberanía territorial ni los bienes comunes, sino que profundizan la concentración de riqueza y el daño ambiental.

 

Educación ambiental crítica, mucho más que huertas y compostaje

 

Tissone distingue con claridad entre una educación ambiental tradicional y una educación ambiental crítica. “En Argentina estamos más acostumbrados a una educación ambiental de corte tradicional”, explica, asociada a huertas escolares, compostaje o acciones de cuidado general del planeta.

 

Pero para ella eso no alcanza. “La educación ambiental crítica tiene la obligación de desmontar todas estas lógicas que hay por detrás”, afirma. Su planteo apunta a visibilizar intereses económicos, disputas territoriales, desigualdad social y modelos de desarrollo que muchas veces quedan ocultos bajo discursos verdes o supuestamente sustentables.

 

Turismo, inmobiliarias y territorios frágiles

 

Uno de los puntos que la investigadora trabaja con mayor fuerza es la relación entre turismo, especulación inmobiliaria y destrucción ambiental. Desde su experiencia en la costa bonaerense, advierte que la Argentina está atravesada por una lógica de “creación de viviendas o hoteles de lujo” que no muestra “cuál es el daño o cómo son los impactos que van a generar en ambientes vulnerables”.

 

De este modo, insiste en que no se puede separar ambiente, economía y vida social. “Lo ambiental es lo social y lo ecológico unido, integrado, visto como un todo”, define. Por eso cuestiona la fragmentación con la que muchas veces se analizan los problemas.

 

La falsa transición energética

 

La oriunda de San Clemente del Tuyú también cuestiona los discursos que presentan cualquier cambio tecnológico como solución ambiental. “La transición energética que nos plantean ahora no sería la transición en la línea de la sustentabilidad”, advierte.

 

Para ella, cambiar combustibles fósiles por litio o paneles solares no modifica necesariamente el modelo de fondo. “No es transición ecológica o ecosocial, es una transición energética solamente modificando el patrón de producción de energía”, explica. El problema sigue siendo el mismo si hay expulsión de comunidades, apropiación privada de bienes comunes y contaminación.

 

Litio, comunidades originarias y extractivismo verde

 

En ese marco, Mónica es contundente sobre el litio. “Dejamos de consumir combustibles fósiles para pasar a litio, donde están expulsando a las comunidades originarias de sus lugares de vida”, señala.

 

La crítica no apunta a negar la necesidad de cambios energéticos, sino a mostrar que muchas soluciones se presentan como limpias mientras reproducen despojo territorial. Por eso insiste en que la sustentabilidad debe incluir justicia ambiental, justicia climática, justicia social y solidaridad intergeneracional.

 

Los límites planetarios y la sexta extinción

 

Como profesional del tema, la experta introduce datos que ubican la discusión en una escala global. “Hemos superado 7 de los 9 límites planetarios según el Centro de Resilencia de Escolomo”, afirma. También advierte que estamos atravesando “la sexta extinción masiva”, vinculada a la pérdida acelerada de biodiversidad, el cambio climático y la alteración de los sistemas que sostienen la vida.

 

En ese contexto, el Día de la Tierra deja de ser una efeméride celebratoria. “No hay nada que conmemorar”, plantea, sino una necesidad de recordar cómo el planeta llegó hasta acá y cómo la humanidad, en apenas los últimos doscientos años, aceleró una destrucción sin precedentes.

 

Tecnología, inteligencia artificial y colonización del saber

 

Otro aspecto fuerte de su análisis es la crítica al uso acrítico de la tecnología. La entrevistada no niega las herramientas digitales ni la inteligencia artificial, pero propone preguntarse para qué se usan. “¿Qué respuesta me puede dar la inteligencia artificial que yo no pueda conseguir por mis propios medios, por mi análisis, por mis reflexiones?”, se pregunta.

 

Para ella, la dependencia absoluta de estas herramientas también puede ser “otra forma de colonizar el saber”. La tecnología no aparece como neutral, sino como parte de una estructura global de consumo energético, concentración y producción de dependencia.

 

La dimensión política que suele quedar escondida

 

Hacia el cierre, la educadora ambiental e integrante de espacios de derechos humanos subraya que en los debates ambientales suele faltar algo central. “Hay una dimensión política que queda siempre un poco solapada”, afirma.

 

Esa dimensión política se vincula con los derechos humanos, los derechos colectivos y la crisis civilizatoria. Para la especialista, no alcanza con cambios individuales. Hace falta asumir responsabilidades colectivas, reconocer los conflictos del territorio y construir participación real.

 

Mirar el territorio para dejar de amplificar el daño

 

La reflexión final de la especialista invita a mirar lo cotidiano de otra manera. “Los conflictos están tan invisibilizados que no nos damos cuenta”, advierte. Entramos, salimos, trabajamos y seguimos la vida diaria como si todo estuviera bien, pero alrededor hay problemas que se profundizan porque no se nombran.

 

Por eso su propuesta no es solo ambiental, sino profundamente política y educativa. Ver, nombrar, comprender y actuar. “Por no hacerlos visibles, los amplificamos aún más”, sostiene. En esa frase se resume su mirada. La educación ambiental crítica no es una campaña, es una forma de leer el mundo y de asumir el territorio como parte de nuestra propia vida.

 

Fuente: En exclusivo para Revista Vértices.

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