La tactica de distracción de Ferraresi ordena la provincia y anticipa sentidos
La irrupción de Jorge Ferraresi en la conversación sucesoria bonaerense puede leerse menos como una definición cerrada y más como una jugada de distracción con varios objetivos al mismo tiempo. Por un lado, instala un nombre con volumen territorial, gestión y conocimiento público, capaz de absorber marcas que en otro contexto parecerían impensadas. Pero, por otro, también funciona como una manera de neutralizar a un actor históricamente decisivo en los cierres de lista del peronismo bonaerense, los intendentes. Ferraresi, en ese sentido, aparece como un emergente útil para ordenar una discusión que no solo pasa por candidaturas, sino también por el equilibrio de poder entre estructuras, jefes comunales y terminales políticas.
Dentro de ese tablero, el kirchnerismo de Máximo Kirchner ya tiene desplegados sus propios alfiles. Mayra Mendoza aparece más ligada a una función de disuasión, mientras Federico Otermín ocupa un lugar más cercano a la persuasión y a la construcción de consensos internos. Ambos cumplen roles distintos, pero complementarios, dentro de una estrategia orientada a preservar capacidad de incidencia en la definición del futuro bonaerense. Del otro lado, el gobernador también ordena su propio esquema. Su plan A parece ser Carlos Bianco y su plan B, Gabriel Katopodis, aunque en el fondo también percibe que una estrategia sostenida exclusivamente desde su gabinete podría no alcanzar para resolver la disputa política con eficacia plena.
Ahí es donde aparece Ferraresi como plan de contingencia. Hoy es, probablemente, el dirigente que mejor aprovecha esa situación, porque reúne varias condiciones al mismo tiempo. Tiene experiencia de gestión, peso territorial, capacidad de interlocución y un perfil que puede cerrar mejor que otros las heterogeneidades internas del peronismo bonaerense. Sin embargo, también es posible que su candidatura se vaya desinflando con el correr de los meses, precisamente porque su utilidad actual está muy ligada al momento táctico. En ese pelotón también tallan dirigentes con experiencia y ambición propia, como Mariel Fernández, Gustavo Menéndez y Julio Alak, que buscarán no quedar afuera de la discusión y jugarán a equilibrar fuerzas en una interna donde se cruzan las correlaciones de poder entre el kicillofismo, el kirchnerismo de Máximo y las necesidades institucionales del propio gobierno bonaerense.
Esa tensión política, además, tenderá a elevarse a medida que el actual gobernador de Buenos Aires incremente sus intenciones de disputar el sillón de Rivadavia. Ese movimiento supone, necesariamente, una mayor búsqueda de independencia política respecto del cristinismo y del kirchnerismo en decisiones centrales de los armados electorales. Allí se inscriben señales como la reunión con dirigentes del ex Cambiemos vinculados a Monzó y Massot, pero también la validación de experiencias híbridas o periféricas dentro del peronismo, como las que pueden expresar nombres como De la Sota en Córdoba, Perotti en Santa Fe o incluso referencias en Río Negro y Entre Ríos, que intentan alambrar ideológicamente su propio peronismo en relación ambigua con La Cámpora o con formas de vanguardismo peronista más cerrado.
En ese marco, la discusión bonaerense deja de ser un problema meramente provincial y empieza a funcionar como laboratorio anticipado de una disputa mayor. No solo se está debatiendo quién puede suceder a Kicillof. También se está discutiendo qué tipo de peronismo quiere emerger en la etapa que viene, con qué grado de autonomía, con qué alianzas laterales y con qué capacidad de administrar una transición que, cuanto más se acerque a la pelea presidencial, más va a tensar el vínculo entre el gobernador, el kirchnerismo duro, los intendentes y las estructuras territoriales que no quieren quedar subordinadas a un único mando.
Fuente: Foto Cronos Noticias
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