Manuela D’Ávila: comunicación, redes y disputa democrática en tiempos de odio
La comunicación se convirtió en uno de los campos centrales de la disputa democrática. En la entrevista publicada en Entrevistas en Acción IV, Manuela D’Ávila analiza el avance de las extremas derechas y advierte que internet no puede ser pensada como un espacio neutral, sino como un territorio donde se organizan sentidos, emociones, prejuicios y formas de participación política.
La dirigente brasileña plantea una idea clave: las redes sociales no son solamente canales de difusión. Son espacios de debate público. Allí circulan noticias, discursos, identidades, malestares y formas de pertenencia. Por eso, no alcanza con pensar la comunicación como un problema técnico o de marketing político. Lo que está en juego es la capacidad de escuchar, intervenir y disputar valores en los territorios digitales, del mismo modo que en las calles y en las organizaciones sociales.
D’Ávila sostiene que las extremas derechas lograron convertir esos espacios en escenarios de ofensiva política. Lo hicieron a partir de ideas simples, emocionalmente efectivas y asociadas al odio, al resentimiento y al prejuicio. En ese punto, la desinformación no aparece como una mentira aislada, sino como un fenómeno que necesita legitimidad social para funcionar. Una noticia falsa circula con más fuerza cuando se apoya en prejuicios ya existentes.
La entrevistada advierte que “no existe desinformación sin legitimidad social”. Esa definición permite comprender por qué las fake news no son solo un problema de datos incorrectos. Su eficacia depende de climas sociales, de miedos acumulados, de odios disponibles y de actores políticos capaces de validar esas narrativas. Cuando una mentira coincide con un prejuicio, se vuelve más fácil de creer y más difícil de desmontar.
Desde una perspectiva social, el planteo también interpela a los proyectos populares, comunitarios y asociativos. Si las redes son un espacio donde se debate el sentido común, las organizaciones no pueden limitarse a comunicar actividades. También necesitan construir lenguaje, valores y comunidad. La solidaridad, el cuidado, la igualdad y la cooperación deben tener presencia pública, emocional y narrativa.
D’Ávila también subraya el papel de las mujeres frente a las extremas derechas. Para ella, muchas de las alternativas democráticas deben construirse desde una agenda que reconozca las condiciones de vida de las trabajadoras, la importancia del Estado, las tareas de cuidado y las experiencias comunitarias. No se trata de una agenda sectorial, sino de una clave para pensar la reproducción de la vida social.
En ese sentido, su mirada dialoga con la economía social y el asociativismo. Las experiencias comunitarias, cooperativas, feministas y territoriales ofrecen una práctica distinta frente al individualismo y la crueldad. Allí donde el odio organiza vínculos de rechazo, la cooperación puede construir lazos de reconocimiento, cuidado y participación.
La entrevista deja una enseñanza importante para quienes comunican desde organizaciones sociales, medios comunitarios o espacios cooperativos: no alcanza con “informar bien”. También hay que disputar los marcos desde los cuales la sociedad interpreta lo que ocurre. La comunicación democrática necesita verdad, pero también cercanía, escucha, sensibilidad territorial y capacidad de nombrar los conflictos cotidianos.
En tiempos de odio organizado y circulación acelerada de discursos falsos, la palabra pública vuelve a ser una responsabilidad colectiva. Comunicar no es simplemente publicar: es construir comunidad, defender derechos y abrir caminos frente a la fragmentación social.
Fuente: Entrevistas en Acción IV, entrevista “La comunicación en tiempos de odio”, Manuela D’Ávila, por Bárbara Schijman. Acción–IMFC.
Fuente: Foto Revista Acción
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