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Priscila Bazán y el grito que vuelve, seguridad antes, justicia a tiempo y libertad para vivir

Priscila Bazán, trabajadora de la educación y referente social de Villa María con múltiples tareas territoriales desarrolladas desde hace años, reflexiona sobre la situación que atraviesa el país tras el femicidio de Agostina Vega y en el marco de una nueva conmemoración de Ni Una Menos. Desde su lugar como mujer, madre, hija y militante comunitaria, cuestiona las preguntas que históricamente recaen sobre las víctimas de violencia de género y propone volver la mirada hacia quienes ejercen la violencia, interpelando a la sociedad, las instituciones y los sistemas de justicia.

Hablar desde el dolor y la experiencia


“Hoy no hablo solo desde la bronca, hablo como mujer, como madre y como hija”.

 

La reflexión comienza desde un lugar profundamente personal. La autora reconoce que el caso de Agostina vuelve a abrir una herida que muchas mujeres conocen demasiado bien.

 

No se trata únicamente de un hecho policial. Tampoco de una estadística más. Se trata de una experiencia colectiva que reactiva miedos, recuerdos y preguntas que atraviesan a miles de familias.

 

“El dolor por Agostina vuelve a abrir una herida que muchos conocemos demasiado bien”, expresa.

 

Las preguntas que siempre aparecen en el lugar equivocado

 

Uno de los ejes centrales del texto apunta a cuestionar la forma en que la sociedad suele reaccionar frente a los femicidios. “Cuando una mujer es asesinada, demasiadas veces la conversación empieza en el lugar equivocado”, sostiene.

 

La autora enumera una serie de preguntas que suelen repetirse cada vez que ocurre un crimen de estas características. “Dónde estaba, con quién estaba, por qué salió, qué tenía puesto, si avisó, si volvió tarde”.

 

Preguntas que, lejos de buscar justicia, terminan desplazando la responsabilidad hacia quien ya no puede defenderse. “Como si hubiera una forma correcta de existir para no ser víctima”, reflexiona.

 

La responsabilidad no puede recaer sobre la víctima


La crítica apunta directamente a un mecanismo cultural profundamente arraigado. Mientras se analizan los movimientos, las decisiones o la vida privada de la víctima, la atención se aleja de quien ejerció la violencia.

 

“Como si la responsabilidad pudiera correrse hacia quien ya no está para defenderse”, señala. Desde esa mirada, el problema no está en las conductas de las mujeres, sino en las condiciones que permiten que la violencia continúe reproduciéndose.

 

La pregunta que realmente importa


La autora propone invertir la lógica habitual con la que muchas veces se aborda la violencia de género.

 

“Mientras buscamos respuestas en la vida de ella, dejamos en segundo plano la pregunta que más incomoda y más importa”, afirma.

 

Y formula el interrogante central de su reflexión. “¿Qué llevó a la agresora a creer que podía decidir sobre la vida de otra persona?”. Para la autora, allí se encuentra el verdadero núcleo del problema.

 

No en las decisiones de la víctima, sino en las condiciones sociales, culturales y personales que habilitan la violencia extrema.

 

El dolor de una madre, de una hija y de una mujer


La reflexión también se construye desde experiencias vitales concretas.

 

“Como madre duele imaginarme una familia esperando que su hija vuelva y recibiendo una noticia que cambia todo para siempre”, expresa.

 

La autora se identifica con el sufrimiento de quienes esperan, buscan y finalmente reciben la confirmación más dolorosa.

 

También habla desde su lugar de hija. “Como hija duele pensar que nadie debería tener que vivir con ese miedo”.

 

Y desde su condición de mujer. “Como mujer duele crecer aprendiendo estrategias para cuidarse cuando la responsabilidad nunca tendría que estar puesta ahí”.

 

La prevención no puede llegar después


Otro de los puntos centrales del texto es la crítica a las respuestas tardías.

 

“La seguridad no puede aparecer solo después”, advierte. La autora plantea que la prevención, la protección y el acompañamiento deben existir antes de que ocurran las tragedias.

 

Del mismo modo, cuestiona las demoras institucionales. “La justicia no puede llegar tarde”, sostiene.

 

Porque cuando la respuesta llega después del daño irreparable, el sistema ya ha fallado en una de sus funciones esenciales.

 

Una interpelación a toda la sociedad

 

La reflexión no se limita únicamente al accionar estatal. También interpela a la sociedad en su conjunto.m “La sociedad no puede seguir mirando primero a la víctima antes que a quien ejerció la violencia”, afirma.

 

La autora entiende que existe una responsabilidad colectiva en la manera en que se construyen los relatos públicos sobre estos hechos.

 

Cambiar el foco implica dejar de examinar a las víctimas para comenzar a analizar las causas estructurales de la violencia.

 

Por Agostina y por todas


El cierre del texto recupera el nombre de Agostina como símbolo de una problemática mucho más amplia. “Hoy por Agostina, por su familia y por todas las que merecemos vivir con libertad”, expresa.

 

La autora reclama una sociedad donde las decisiones cotidianas de las mujeres no se conviertan luego en una lista de sospechas o explicaciones retrospectivas.

 

“Sin que cada decisión cotidiana se convierta después en un interrogatorio”, concluye.

 

Fuente: En exclusivo para Revista Vértices.

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