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Un testimonio sobre la dictadura en el interior: memorias, libros y silencios

En el marco de un especial orientado a recuperar testimonios locales sobre problemáticas vinculadas con la historia, la sociedad y la cultura montemaizina, una mujer oriunda de Monte Maíz reconstruye cómo se vivieron los años de la dictadura en el interior profundo. Su relato recupera silencios, miedos de la época, escenas de hostigamiento y marcas que aún persisten en la memoria de quienes atravesaron aquella época. Desde la editorial reservamos su identidad pero decidimos mostrar su perspectiva como realidades que existieron en los rincones del interior en el periodo más oscuro de nuestro país.

 

Un pueblo bajo una memoria atravesada por el silencio

 

Pensar el 24 de marzo desde Monte Maíz implica, en este caso, apartarse de las imágenes más conocidas de grandes movilizaciones, actos multitudinarios o pronunciamientos públicos. La entrevistada, que pidió resguardar su identidad, sostiene que en el plano colectivo el pueblo no tuvo una reacción visible frente al golpe de Estado. Por el contrario, recuerda que para una parte de la comunidad aquella irrupción fue percibida como una forma de restablecer el orden en medio del caos político y social de aquellos años.

 

Su testimonio es contundente. “Colectivamente Monte Maíz no tuvo ninguna trascendencia. Creo que, al contrario, fue tomado como una solución”. La frase expone una zona incómoda de la memoria local y nacional. La dictadura no solo se sostuvo por la imposición de las armas, sino también por climas sociales previos, por consensos conservadores y por una sensación extendida de que el orden podía imponerse por encima de cualquier conflicto.

 

En ese marco, la mujer asegura no tener registro de protestas locales. Tampoco recuerda manifestaciones de gremios ni acciones públicas de rechazo. Lo que predominaba era otra cosa. El comentario bajo, la sospecha, la versión oral, la experiencia fragmentada. Monte Maíz, según su mirada, no era un pueblo habituado a las expresiones colectivas. Por eso incluso considera que cualquier convocatoria de memoria o movilización en aquellos años hubiera tenido escasa adhesión.

 

Lo más inquietante del relato no es solo la falta de protesta, sino la naturalización del silencio. Los hechos no eran discutidos abiertamente. Se sabían a medias, se intuían, circulaban en voz baja. Como ocurrió en tantos pueblos del interior, el terror no siempre necesitó escenas públicas espectaculares. Le alcanzó con sembrar una atmósfera donde hablar demasiado podía ser peligroso.

 

El costado económico del terror y los secuestros que quedaron en penumbras

 

La entrevistada recuerda que hubo comentarios sobre tres personas mayores del pueblo que habrían sido arrestadas. No las menciona por nombre, prefiere resguardar a sus familias y no reabrir un dolor que, según su impresión, incluso pudo haber quedado borrado del recuerdo colectivo. Lo significativo es la interpretación que ofrece sobre esos casos.

 

Ella remarca que esas personas no eran vistas como figuras ideológicas peligrosas para el régimen. Por eso sostiene que el golpe no debe leerse únicamente como un dispositivo político o militar, sino también económico. “Sabemos que el golpe de Estado no fue solamente político, sino también económico. Han robado”, afirma. En su lectura, aquellos secuestros estuvieron ligados al interés por quitarles bienes materiales y no necesariamente a una persecución por militancia.

 

Ese pasaje de la entrevista resulta relevante porque desplaza la mirada desde la represión clásica hacia otras formas de disciplinamiento y apropiación. La dictadura persiguió opositores, desapareció estudiantes, sindicalistas, militantes y referentes políticos. Pero también produjo un reordenamiento económico y social que benefició a sectores concretos y que, en algunos lugares, se tradujo en operaciones de miedo vinculadas a bienes, patrimonios y relaciones de poder locales.

 

La mujer agrega que, por gestiones del párroco del pueblo, esas personas habrían sido liberadas. No avanza más. No lo hace por falta de memoria, sino por prudencia. Ese límite también dice mucho sobre cómo se tramitan estos recuerdos en comunidades pequeñas. Hay hechos que se recuerdan, pero no del todo. Hay nombres que se saben, pero no se pronuncian. La memoria aparece así atravesada por una mezcla de verdad, resguardo y pudor social.

 

Armas, documentos y libros bajo sospecha

 

Uno de los tramos más fuertes del testimonio aparece cuando recuerda el 24 de marzo de 1976 desde una experiencia estrictamente personal. El día anterior había rendido su última materia y, como tantos jóvenes de la época, estaba ocupada en asuntos propios de su edad. Se fue a dormir con las valijas listas para regresar a su pueblo. A la mañana siguiente llegó a la terminal y se encontró con un escenario completamente alterado por la presencia militar.

 

En ese momento todavía no comprendía del todo lo que ocurría. Nunca había militado y reconoce que no tenía plena conciencia del proceso político que se estaba abriendo. Pero la escena la marcó. En el ómnibus, mientras sonaba el comunicado número uno, subieron uniformados armados y pidieron documentos a todos los pasajeros. La violencia de la escena no estuvo dada solo por la revisión, sino por el modo en que esa revisión fue realizada. Ella recuerda, todavía hoy, la sensación del arma apoyada en sus costillas.

 

A eso se sumaba otro elemento que con el tiempo cobró una dimensión más inquietante. Llevaba un bolso cargado de libros del Centro Editor de América Latina, con autores del boom latinoamericano. “Si me hubieran incautado ese bolso, no estaría contándote ahora la historia”, dice. La frase resume de forma brutal el clima de época. No hacía falta integrar una organización política para ser considerado sospechoso. La cultura, la lectura y la circulación de determinados materiales podían transformarse en motivo de peligro.

 

El relato vuelve así sobre una verdad central de aquellos años. La dictadura también persiguió símbolos, ideas, lecturas y sensibilidades. Los libros eran vistos como amenaza porque alojaban pensamiento crítico, imaginación, historia y posibilidad de interpretación del mundo. En esa escena íntima, una joven con un bolso de libros se convierte en la expresión concreta de una época en la que la inteligencia y la palabra podían volverse sospechosas.

 

La docencia en dictadura y una segunda escena de intimidación

 

Ya en plena dictadura, la entrevistada comenzó a trabajar como docente. Dio clases en un bachillerato para adultos, luego en el profesorado y más tarde en el nivel medio. Su testimonio introduce aquí una complejidad importante. En el ámbito donde ella se movió no sintió una persecución directa ni un hostigamiento sistemático. Incluso recuerda con sorpresa que pudo desarrollar contenidos literarios potencialmente sensibles sin recibir censura expresa.

 

Cuenta, por ejemplo, que enseñaba literatura infantil desde una perspectiva psicoanalítica y que trabajaba con una lectura del Martín Fierro atravesada por una mirada crítica, incluso antimilitarista, vinculada a la violencia sobre el gaucho y la apropiación de territorios. Aun así, en ese plano puntual no padeció controles ideológicos rígidos. “No hubo ninguna clase de persecución, ni de hostigamiento, ni de sospecha. Trabajamos libremente”, sostiene.

 

Sin embargo, esa relativa libertad convivía con escenas muy concretas de intimidación. Una de ellas quedó grabada de manera indeleble. Como bibliotecaria del profesorado, participó en la organización de una conferencia del historiador Félix Luna en Monte Maíz. Mientras esperaba con sus libros en brazos, un Ford Falcon se acercó al lugar. Una colega oriunda de Canals, al verlo, comenzó a descomponerse y dijo “son ellos”, porque lo asociaba al vehículo utilizado en secuestros ocurridos en esa localidad.

 

Lo que vino después fue una demostración de fuerza. Hombres de civil y armados se bajaron del auto, le arrancaron los libros de las manos y le comunicaron que el historiador no asistiría porque estaba indispuesto. Mientras hablaban, otra vez el arma presionaba sobre sus costillas. Ella resume ese destino personal con una frase poderosa que probablemente quede como una de las imágenes más fuertes de toda la nota. “Mi destino está asignado por las armas y los libros”.

 

La escena es reveladora porque condensa dos dimensiones centrales del terrorismo de Estado. Por un lado, la violencia física o su amenaza permanente. Por otro, el control simbólico sobre la cultura, la circulación de ideas y la palabra pública. No era necesario un secuestro para disciplinar. Muchas veces alcanzaba con irrumpir, suspender, amedrentar y dejar un mensaje claro.

 

La memoria como tarea de los jóvenes y la advertencia sobre el presente

 

Hacia el final de la entrevista, el relato se vuelve más reflexivo. La mujer insiste en que los jóvenes deben informarse, leer, estudiar documentos, diarios, revistas e historia. No lo plantea desde una pedagogía abstracta, sino desde una experiencia concreta. Sabe que el horror puede ser negado, relativizado o banalizado si no se lo vuelve a pensar críticamente.

 

“Fue una época nefasta”, afirma, y agrega que los crímenes no pueden ser entendidos solo como obra de militares aislados. Habla abiertamente de la complicidad de sectores civiles y eclesiásticos, y trae además el recuerdo de una ex detenida que conoció en Villa María. Esa mujer había pasado años de encierro en condiciones inhumanas y aún arrastraba marcas sensoriales del cautiverio. No recordaba incluso cómo había atravesado su menstruación durante el encierro, pero sí conservaba de manera persistente el recuerdo del olor a suciedad, a excremento y a orina, además de los gritos y llantos de quienes eran torturados.

 

Ese fragmento introduce una dimensión corporal y profundamente humana del terrorismo de Estado. No se trata solo de discutir estructuras políticas o golpes institucionales. También se trata de comprender cómo esas violencias arrasaron con la intimidad, con el cuerpo y con la vida cotidiana de miles de personas.

 

En el tramo final, la entrevistada marca una diferencia entre el presente y el clima previo al golpe. No cree que hoy existan exactamente las mismas condiciones. Pero no por eso deja de plantear una advertencia. Según su lectura, antes del 76 hubo una preparación del terreno a partir de persecuciones, violencia, inflación, desestabilización y un contexto internacional que favoreció la salida autoritaria. A partir de allí, propone una línea interpretativa fuerte. Primero fueron por los cuadros más lúcidos e influyentes del pensamiento. Después, por estudiantes y sindicalistas. Y hoy, dice, el castigo adopta otras formas.

 

“Ahora están yendo por las líneas inferiores, no con las armas”, señala. La definición remite a jubilados, docentes y sectores empobrecidos que sufren la pérdida del poder adquisitivo y el deterioro de sus condiciones de vida. Su frase final resume esa preocupación con enorme fuerza política y social. “No son las armas con balas, pero son las armas con las necesidades”.

 

Esa reflexión no equipara de manera mecánica momentos históricos distintos, pero sí invita a pensar de qué manera el sufrimiento social, la quita de derechos y el disciplinamiento económico pueden convertirse también en herramientas de sometimiento. Por eso su testimonio no queda encerrado en el pasado. Interpela el presente. Y lo hace desde un pueblo del interior, desde una voz anónima y desde una memoria que todavía tiene mucho para decir.

 

Fuente: En exclusiva para Revista Vértices.

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