Vicky Cruz: identidad, lucha y una vida que no pidió permiso
Resiliente, transgresora y visible
Victoria Cruz, es una ciudadana emprededora en la localidad de Monte Maíz, provincia de Córdoba, con el nombre artístico Victoria Glam. Así comienza la entrevista con una identidad construida, desde un sentir sobre sí misma y una trayectoria que no cabe en una sola etiqueta. Cuenta que hoy trabaja en su “estética femenina”, que tiene “un programa de streaming con una compañera”, y que fue modelo de alta costura. Además trabajó con gente del espectáculo cordobés y es bailarina de ritmos latinos.
Pero antes de todo eso, cuando se le pide que se defina, elige dos palabras muy precisas. “Resiliente” y “transgresora”. No son adjetivos decorativos. Son, en realidad, una síntesis política y humana de su vida. Porque cuando se le pregunta si se nombra como mujer trans o persona trans, responde con seguridad “mujer trans”. Y cuando se profundiza sobre qué significa esa definición, no la piensa como una categoría externa sino como una verdad íntima. “Sinceramente desde mi lugar es un sentir”.
Ese sentir, aclara, no apareció tarde. “Desde siempre”, dice. Y agrega que pudo expresarlo “en Jardín de Infantes”. Más adelante, con más conciencia, entendía que era “un varón que quería ser nena”, dentro de lo que puede comprender una criatura en un pueblo de pocos habitantes a comienzos de los noventa. Allí ya estaba la identidad. Lo que faltaba era un mundo que pudiera reconocerla.
La ley que le dio nombre, documento y dignidad
Uno de los momentos más potentes de toda la entrevista aparece cuando recuerda la recepción de su nuevo DNI. “La Ley de Identidad de Género se aprobó el 9 de mayo del 2012. A mí me entregaron mi documento nuevo el 30 de agosto de ese mismo año”, cuenta. Y no fue un trámite privado. “Me lo entrega el intendente local en su oficina, acompañada de medios locales también, porque fue una revolución y fui la primera de la zona en ese momento”.
Ese episodio no es menor ni anecdótico. Fue un punto de quiebre en términos de ciudadanía. Por eso lo nombra con una frase que condensa toda una época. “Fue dejar de ser una persona de segunda”. Antes de ese momento, dice, el colectivo LGBT prácticamente solo tenía la Ley de Matrimonio Igualitario. La Ley de Identidad de Género, en cambio, “llegó para darnos nombre, para darnos personalidad, para decir acá estamos”.
La definición se vuelve todavía más fuerte cuando habla de lo que esa ley produjo hacia adentro del colectivo trans. “Yo creo que nos dio dignidad”, afirma. No se refiere solo al documento, sino a la existencia legal de una identidad que hasta entonces estaba expuesta al escarnio, la negación y la burla. El nuevo DNI fue un acto de reconocimiento estatal, pero también una reparación simbólica después de años en los que vivir siendo quien era implicaba hacerlo sin amparo institucional.
Pobre y puto, cuando la escuela y la iglesia también expulsan
La violencia que sufrió no vino solo de la calle. También vino de instituciones que debían proteger. Uno de los recuerdos más duros es el del cuadro de honor en la escuela primaria. Cuenta que en su época se hacía una presentación pública con medios de comunicación, donde se nombraba a abanderados, escoltas y estudiantes destacados. Ella estaba ahí. Pero “a mí nunca me nombraron”. Y cuando se le pide que explique qué pasó, responde con una crudeza estremecedora. “Porque aparte de maricón era pobre”.
La frase duele porque resume dos mecanismos de exclusión al mismo tiempo. No fue solo por su identidad de género o expresión de género. También fue por clase. No era solamente distinta. También era una chica pobre en una institución que jerarquizaba cuerpos, conductas y orígenes sociales. Hoy relee ese episodio con otra perspectiva. “Con los años, con terapia, vos vas viendo un montón de cosas que antes no las veías”. En aquel momento no tuvo herramientas para entender la dimensión de la injusticia. Hoy sí.
También recuerda un episodio con la iglesia. “Me presento a la iglesia para tomar la confirmación, ese cura del momento me llama adelante de todos mis compañeros, me pega una cachetada y me expulsa”. La razón era su forma de expresarse. “Obviamente yo tenía modismos femeninos”. La escena muestra con brutalidad cómo operaba el disciplinamiento en los años noventa en los pueblos chicos, con legitimidad social, religiosa y moral.
Por eso, cuando mira hacia atrás, no está hablando de anécdotas dispersas. Está narrando un sistema de castigos, exclusiones y silenciamientos que recaía sobre quienes sentían y elegían vivir su vida por fuera de lo heteronormativo.
La calle, el voto y la violencia como paisaje cotidiano
Su adolescencia estuvo atravesada por agresiones permanentes. “Ser una mujer trans implica ser adolescente, salir de tu casa, que te escupan, que te tiren con ladrillos, que te insulten con la palabra puto, maricón”, enumera. No habla en abstracto. Habla de lo que le pasó.
Recuerda incluso su primera experiencia de voto. Tenía el pelo hasta la cintura, rubio platinado, pero debía ir a votar a un establecimiento de varones porque todavía no existía el reconocimiento legal de su identidad. “Todo el mundo se codiaba, o se reían, o decían mi nombre fuerte para hacer la burla”. Votar, para ella, no era un acto democrático pleno. Era una escena pública de humillación.
Cuando se le pregunta cómo soportó todo eso, responde sin maquillaje. “Me hacía respetar”. Y desarrolla con una honestidad tremenda la estrategia de supervivencia. “Al grito, me pegaba a la vuelta, me imponía. Era la única forma”. Después lo define de un modo todavía más gráfico. “Como en la selva”.
No había protección institucional. “No me iban a dar bola”, dice sobre una posible denuncia policial. Esa frase resume la sensación de desamparo de toda una época. La violencia no era una excepción. Era el entorno.
La familia como diferencia absoluta entre vivir y quebrarse
Entre tanta agresión, aparece una excepción decisiva. Su padre. “Yo siempre digo en todo tipo de notas que yo soy quien soy gracias al papá que tuve”, afirma. Lo dice sin rodeos. “Él me dio alas para que yo crezca y vuele”.
Después de la muerte de su madre, quedaron con su padre y sus hermanos. Desde entonces, recuerda que la acompañó con amor y sin imponerle un mandato de corrección. “Hija, estoy orgulloso de vos. Hija, te amo”, le decía. Y agrega algo que para ella es fundamental. “Que por lo general en la comunidad no pasa”. Porque muchas chicas y chicos trans son expulsados de sus casas. En su caso ocurrió lo contrario.
También su hermana fue central. “Mi hermana también tiene mucho que ver”, dice, trayendo imágenes de peleas y defensas. Lo mismo con sus primas, que eran “más atentas que yo” cuando alguien la agredía.
Esa diferencia le permite decir algo muy fuerte. “Mi suerte hubiese sido otra. Y quizás hoy ni estaría viva”. No es una exageración. Es el modo más directo de explicar cuánto puede significar el sostén familiar para una infancia o adolescencia trans.
Por eso, cuando se le pregunta qué le diría a una niña trans o a un joven trans, vuelve a lo mismo. “Lo más importante es la contención de la familia”. Porque después la calle puede insultar, expulsar o agredir. Pero si al llegar a la casa hay sostén, el daño no termina de destruirlo todo.
Trabajo, estética y la decisión de no dejarse encerrar
La cuestión laboral aparece como otro punto clave del testimonio y, como bien marcaste, había que desarrollarla más. Ella misma lo dice con claridad. “Me costó muchísimo insertarme laboralmente, por el prejuicio, hasta que me corté sola, por mi cuenta”. Es decir, no tuvo un mercado laboral abierto. Tuvo que abrirse paso sola.
Trabaja en estética desde 2004. Lleva más de veinte años en ese rubro. Pero el peso de la discriminación fue enorme. “En mi época era ser prostituta o ser peluquera”, dice, marcando con crudeza el horizonte estrechísimo al que eran empujadas las mujeres trans de su generación. Ella eligió otro camino dentro de ese margen. “Lo primero que hice fue peluquería”.
Y explica por qué se quedó en el pueblo. “Yo le quería demostrar a mi familia que el hecho de ser una mujer trans no significaba terminar en el trabajo sexual”. Quería demostrarle a su padre, a sus hermanos y al pueblo que “se puede ser una mujer trans” sin quedar encerrada en ese estigma social. Esa decisión laboral fue también una toma de posición política sobre sí misma.
Más tarde llegaron otras facetas. Los carnavales, la comparsa, la alta costura, el desfile, el streaming. Todo eso no solo le dio visibilidad. También le permitió ocupar lugares públicos desde otra narrativa. “Rompiendo prejuicios”, dice cuando recuerda su primer desfile. Y subraya algo importante. “No es solo llamarme para desfilar su ropa, me pagaba”. No era apenas exposición. Era trabajo reconocido.
Del aplauso social a la crítica que reaparece en el plano nacional
Hay un contraste fuerte en su relato. Por un lado, la violencia. Por el otro, escenas de reconocimiento. “Siempre recibía el aplauso de la gente”, dice sobre el carnaval, la comparsa y los desfiles. Ese aplauso no borra el pasado, pero sí muestra que en el pueblo también hubo procesos de aceptación y admiración.
Cuando se le pregunta por el presente político, la respuesta es tajante. “Nuestro presidente es un horror… es una vergüenza mundial”. No habla solo desde una posición ideológica, sino desde la experiencia concreta de cómo los discursos presidenciales impactan sobre la vida de las disidencias. “A raíz de sus discursos hay muchas personas que volvieron, o se sienten con el permiso de agredir”.
Y enseguida vuelve a una frase que conecta su historia con el presente. “Estamos volviendo a los 90”. Para ella, el problema no es solo económico o institucional. Es también cultural y moral. Hay una reactivación del odio hacia la diversidad sexual que se siente en el aire social y en los comentarios cotidianos.
Sin embargo, no hay resignación en sus palabras. “No lo vamos a dejar”, afirma. Y agrega “le va a costar”. Esa resistencia no nace del optimismo ingenuo, sino de una experiencia de lucha acumulada durante décadas.
Monte Maíz cambió, pero sigue cargando sus contradicciones
Cuando mira el pueblo hoy, reconoce avances. Dice que la comunidad LGBT es mucho más visible, que hay chicas de la mano en el centro y que “nadie las miró, nadie dijo absolutamente nada”. Para alguien que vivió la hostilidad de los noventa, eso es muchísimo.
Pero también marca las contradicciones de Monte Maíz, señalando una cultura donde la apariencia pesa demasiado. Habla de gente que se endeuda para aparentar, de mandatos de exhibición social y de circuitos de prestigio manejados por unos pocos. Esa lectura social del pueblo también es parte de la nota, porque conecta las violencias de género con una lógica comunitaria más amplia, hecha de jerarquías, máscaras y exclusiones.
En ese mismo plano menciona la falta de organización del mundo de la diversidad y disidencia sostenida dentro de la propia comunidad. Hubo intentos, hubo apoyo municipal en un momento, incluso hay dos compañeras trans trabajando en el municipio, pero “se disolvió el grupo por varios temas”. Detalla que no es facil la reunión por imnumerables temas personales, laborales y ciertas resacas de la herencia heteronormativa que impera en el pueblo.
Una vida que hoy se mira con orgullo
Hacia el final, su tono cambia. Ya no habla solo desde la herida. También habla desde la conquista. “Yo también estoy orgullosa de mí”, dice. Y agrega algo que ordena toda la entrevista. “Soy primeramente la persona que siempre quise ser”.
No desconoce lo recorrido. “Me costó un montón de lágrimas, muchísimo sufrimiento”. Tampoco oculta que hubo momentos donde necesitó ayuda profesional porque “mi cabeza explotaba”. Pero hoy puede decir que cumplió gran parte de lo que soñó cuando era niña y que se siente “súper realizada”.
La lucha no terminó. Ella misma lo define así. “Una lucha constante, todo el tiempo”. Pero ya no es solo una pelea por resistir. Es también una manera de existir, de estar plantada y de demostrar que se puede vivir una vida trans en un pueblo chico sin pedir permiso.
Fuente: En exclusivo para Revista Vértices
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