Fundación Marangatú: Semillas, tierra y derechos

Andrea de Luján Arzamendia es Licenciada en Comunicación Social y maestranda en Desarrollo Rural en la Universidad Nacional de Misiones. Docente del Departamento de Comunicación Social, integra el proyecto de investigación Estrategias asociativas para la comercialización y soberanía alimentaria en Misiones, radicado en la misma casa de estudios. Actualmente se desempeña como Directora de Comunicación Estratégica en la Secretaría de Estado de Agricultura Familiar y cumple un rol clave como Técnica Facilitadora Territorial y Responsable del Área Social en la Fundación Marangatú, desde donde articula comunicación, territorio y derechos en el acompañamiento cotidiano a comunidades guaraníes de la provincia.

Fuente: Gentileza A.A.

Una organización nacida en pandemia para sostener derechos guaraníes y cuidar semillas nativas


La Fundación Marangatú “nació en pleno contexto de pandemia, cerca del 2020-2021” y “se formaliza acá en la ciudad de Posadas”. Según el testimonio, fue “impulsado más que nada por un equipo que venía trabajando ya con el sector de pueblos originarios”, con un referente central que “es actualmente también el presidente, con una larga trayectoria en el sector”. En ese momento, “estaba terminando un mandato” dentro del Estado provincial y “veía como esta necesidad de poder acompañar a las comunidades originarias desde otro lugar más allá del Estado”.

 

De Posadas a distintas localidades, con presencia donde viven comunidades guaraníes
La organización “tiene sede principal, o física mejor dicho, en la ciudad de Posadas”, pero “trabaja en diferentes localidades, en la provincia de Misiones, donde están estas comunidades guaraníes”. En esa expansión territorial, la Fundación se apoya en vínculos previos y experiencias organizativas ya existentes, incluso “un antecedente” de “una fundación de pueblos originarios” que “si bien existe, está como ahí un poco desactualizada en los papeles”.

 

Tierra, títulos comunitarios y acceso a la información como primera trinchera


Entre las vulneraciones más urgentes, el relato pone primero el territorio. “Lo principal tiene que ver con el reconocimiento de los territorios donde habitan”, y en particular “los títulos de propiedad comunitaria”. También menciona que hubo avances, pero “eso quedó bastante estancado”.

 

En ese escenario, aparece una tarea concreta de acompañamiento “en cuestiones de acceso a la información”, y también “acompañamiento desde gestiones con las instituciones que son las responsables a nivel tanto provincial”. La mirada que se comparte es que a nivel nacional “hubo un decaimiento hace muchos años también”, por lo que la Fundación intenta sostener procesos y trámites para que la agenda no se apague.

 

Articulaciones institucionales y economía cotidiana, cuando la artesanía deja de venderse


En Misiones se menciona un entramado de organismos y áreas vinculadas a pueblos originarios y derechos específicos. Aparece la “dirección provincial de asuntos guaraníes” dentro del “Ministerio de Derechos Humanos”, y se nombran líneas vinculadas a “salud indígena”, “agricultura familiar”, “derechos humanos” y “la parte de cultura”. En paralelo, la economía real de muchas comunidades se describe con crudeza.

 

“Su principal ingreso económico, o uno de los principales ingresos económicos, son las ventas de artesanías”, pero “eso también va decayendo bastante por la misma crisis”. La imagen es directa. “Las personas deciden comprar algo para comer antes de llevarse una artesanía”, y además “no quieren pagar lo que vale”. Por eso se sostiene que hay “un fuerte acompañamiento en la cuestión de la comercialización de artesanía”.

 

Banco de semillas, resguardo artesanal y circulación intercomunitaria


Una línea que se destaca como estratégica es productiva y cultural a la vez. “Una de las líneas muy interesantes” es “el banco de semillas”, pensado como “la protección y resguardo de las semillas nativas”. Se menciona el nombre que circula en comunidades, “el ayachenguá”, y se enumeran variedades y usos. Hay “bastantes variedades de semillas, principalmente de maíz”, también “poroto”, “batata”, “sandía”, con destino alimentario pero no solamente. “También tiene un sentido bastante espiritual”, porque existen “semillas específicas de maíz” usadas “para rituales”, junto a “la miel” y “otros productos del monte”, y se suma “el tabaco también”.

 

La práctica se organiza para que el resguardo no quede encerrado en una sola comunidad. Se habla de “chacras experimentales” donde “se producían ciertas cantidades de maíz” que luego “se guardaban y se llevaban a otras comunidades que no tenían esa variedad”. La lógica es de intercambio y ampliación, “para que a más comunidades le lleguen esas distintas variedades”.

 

Todo esto, advierte el testimonio, “cuesta mucho”, por el modo de conservación y el trabajo que implica. Se describe una técnica concreta. “Se guardan en botellas”, y también “lo que hacen para conservarlas es colgarlas en un espacio donde constantemente tengan fuego y humo”. El resultado es claro. “Es un trabajo bastante artesanal y costoso”, y sin sostén externo “es muy de organización, como de mucha organización intercomunitaria también”.

 

Interculturalidad como método, para evitar sesgos y discriminación


En el vínculo cotidiano con comunidades, la interculturalidad aparece como condición de trabajo. “La interculturalidad clave para el proceso”, se afirma, para que “el intercambio entre culturas sea de manera respetuosa, armoniosa, sin discriminaciones”.

 

También se advierte sobre riesgos habituales. Se menciona “la romantización de ciertas prácticas o ciertas culturas”, y se insiste en que una mirada intercultural es clave “para no caer en esos sesgos”. Ese enfoque también se proyecta hacia intercambios técnicos y productivos. Hay “intercambios de conocimiento y de saberes” con “agricultores familiares”, con “técnicos” y con “grupos de guardianes de semillas”. En esos espacios, se remarca la necesidad de “un espacio sin discriminación y también de crecimiento”.

 

Racismo, sentido común y comentarios que todavía duelen


Cuando la conversación entra en las barreras culturales, el testimonio ensaya una explicación que mezcla temores, jerarquías sociales y discriminación estructural. “Quizás miedo a no querer formar parte o no querer reconocer eso”, se plantea, porque “sigue estando muy instalado de que eso no es algo bueno”. Se describe una valorización social muy puntual. “Apuntar a lo bueno es ser blanco, tener una ascendencia europea”, mientras que “tener raíz o un ascendente de pueblo originario es como que no está bien visto”.

 

El relato también trae escenas concretas. Al contar su trabajo, escucha comentarios “tan cargado de racismo”, como “y ellos tienen teléfono”, que se responden con un corte simple. “Sí, claro que tienen teléfono”. También aparece otro estereotipo. “Ah, pero a ellos no les gusta trabajar”. La respuesta propone discutir el marco. “Definamos el concepto de trabajo. Revisemos qué es el trabajo”. La conclusión no deja dudas. Es “una mirada totalmente racista, clasista”, “muy presente”.

 

Lo que viene, más foco en jóvenes, lengua y prácticas


Sobre los desafíos, el rumbo se formula como continuidad y fortalecimiento. “Seguir acompañando a los diferentes procesos”, sobre todo “socio-organizativos que tengan que ver con los derechos”, en “un contexto sobre todo donde cada vez hay más ausencia del Estado”. También se plantea “seguir fortaleciéndonos como organización”, y se subraya una particularidad de composición. “Esta Fundación está integrada por personas indígenas y no indígenas”, por lo que el desafío incluye “fortalecer ese vínculo”.

 

El eje juvenil se nombra como demanda urgente. “Nos demanda mucho, que tiene que ver con los jóvenes”, porque “cada vez también se está perdiendo como ciertas prácticas, ciertos conocimientos, como el idioma”. En algunas comunidades “van perdiendo la lengua”, o “tienen vergüenza alguna de su lengua”. Además, se advierte sobre intervenciones externas que impactan en la vida comunitaria. Se mencionan “iglesias”, “organizaciones sociales” o personas que con intención de ayudar “terminan de algún modo destruyendo o rompiendo ciertas prácticas”. Eso, según se relata, deriva en “más conflictos y divisiones entre comunidades”.

 

Agua segura, electricidad y desigualdades materiales que persisten


En el tramo más duro, se enumeran condiciones básicas que no están garantizadas. Se dice que “hay muchas comunidades que no tienen acceso al agua, un agua segura”, y que consumen “de vertientes o de arrochitos” que están “totalmente a la intemperie”. El panorama se vuelve sanitario. “Están conviviendo con agua contaminada”. También se afirma que “hay muchas comunidades sin acceso a electricidad”, aunque se reconoce que “hay muchas que deciden no tenerla también”, y otras que están lejos de las redes.

 

La explicación técnica aclara un punto. No se trata de que rechacen el agua de red, sino de limitaciones materiales y territoriales. En zonas alejadas “no hay tendido eléctrico”, y por eso algunas soluciones llegan con “paneles solares”, por ejemplo para “la escuelita o la salita”. En agua, se señala que “directamente no se atendió esa situación”, y que sin electricidad “hacer un pozo perforado y tener todas las instalaciones es imposible”. En esos casos, se propone una alternativa práctica.

 

“Proteger vertientes en buenas condiciones” y combinarlo con sistemas que permitan bombear cuando haga falta, “especialmente cuando hay sequía”. Todo parte, enfatiza, de demandas locales. “Son necesidades que ellos mismos nos plantean”.

 

Llegar al territorio, aprender ritmos, silencios y límites


En el cierre, la entrevistada comparte una reflexión personal sobre el trabajo cotidiano. Dice que cada llegada al territorio “es de mucho desafío”, y que implica “aprender a tener otros ritmos”, otra forma de “trabajar” y “abordar ciertas prácticas”. También admite un costo emocional. “Es bastante doloroso cuando uno ve tantas desigualdades y que no siempre se puedan resolver”, pero a la vez “me fortalezca mucho más” para decidir y acompañar.

 

Aparece una idea clave para quienes hacen trabajo comunitario real. No se entra sin diálogo. “Siempre hay que tener un permiso, una conversación anticipada”, y sostener “estar en esa constante vigilancia” sobre “qué digo, cuándo digo”. Incluso se reivindica un aprendizaje difícil de explicar desde afuera. “Aprender de los silencios, de los tiempos”, y de “esta otra forma de comunicarse” que “a mí, en lo personal, me llena mucho”.

 

Para el cierre


En el horizonte del trabajo de la Fundación Marangatú aparece un desafío transversal que atraviesa todas sus líneas de acción: la construcción de memoria, futuro y autonomía desde las juventudes. El acompañamiento a jóvenes indígenas en procesos educativos, culturales y productivos no solo busca garantizar derechos básicos, sino también fortalecer identidades, lenguas y saberes que hoy conviven con múltiples formas de exclusión. En ese cruce entre territorio, organización comunitaria y proyección generacional, la Fundación apuesta a sostener prácticas que no se limiten a la urgencia, sino que consoliden capacidades colectivas para decidir, producir y vivir desde una perspectiva de dignidad, interculturalidad y soberanía.

 

Fuente: En exclusiva para Revista Vértices

 

Fuente: Gentileza A.A.
Fuente: Gentileza A.A.

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