La voz de Ariel Carrer y el orgullo de ser de la UNVM

Recibirse en la universidad pública es una experiencia que atraviesa el cuerpo, la familia y la historia personal. Ariel Carrer, oficialmente contador público, pone en palabras lo que significa estudiar, persistir y egresar de la Universidad Nacional de Villa María en un contexto de esfuerzo, sacrificio y derecho colectivo.

 

Una recompensa que no es solo individual


Cuando se le pregunta qué se siente al recibir un título de la universidad pública, Ariel Carrer se detiene un instante. “Qué pregunta tan abarcativa”, dice, consciente de que la respuesta no puede reducirse a una sola emoción. Desde su lugar, lo primero que aparece es claro. “Una gran recompensa”, afirma, asociada directamente a “una gran satisfacción” y a “un gran mérito”.

 

Para el flamante contador, el título no es un simple papel. Es el resultado de un recorrido exigente, sostenido y muchas veces cuesta arriba. “El nivel de exigencia de la educación pública, aun a pesar de los recursos que dispone, es muy exigente”, sostiene. Incluso va más allá y desafía prejuicios instalados. “Yo creo que el nivel y la barra están mucho más altos que las universidades privadas”.

 

Esa exigencia, lejos de ser un obstáculo, se transforma en orgullo. El profesional remarca que “nuestra Universidad Nacional tiene mucho reconocimiento en el sector privado”, un dato que refuerza la calidad académica de la formación pública.

 
El esfuerzo familiar detrás del título


El logro académico también se vive puertas adentro. En el plano familiar, Ariel habla de “una gran satisfacción”, atravesada por el esfuerzo cotidiano. Aclara que no proviene de una familia con necesidades insatisfechas, pero sí de un hogar donde los recursos no sobran. “Es mucho el sacrificio que se hace”, explica.

 

Ese sacrificio tiene formas concretas. “Desde el movimiento, desde noches de estudio, trabajando a la par también”. El tiempo se estira, el cansancio se acumula y el trayecto universitario se vuelve largo. “Muchas veces el trayecto se hace largo”, reconoce, poniendo en palabras una experiencia compartida por miles de estudiantes de la universidad pública.

 

 Pandemia, perseverancia y sostener el deseo


La pandemia aparece como una marca profunda en su recorrido. “Haber transcurrido una pandemia y la desconexión que significó” exigió un esfuerzo adicional. Ariel habla de perseverancia, de no abandonar aun cuando el contexto parecía empujar al abandono.

 

Esa perseverancia se tradujo en una satisfacción que no fue solo individual. “Una gran satisfacción tanto para mí como para mi familia”, dice, y suma también a los amigos y a Dios, parte fundamental del sostén emocional durante la carrera.

 
Cuando la carrera se interrumpe y la vida avanza


El egresado reflexiona sobre una situación frecuente en la universidad pública. “Cuando empiezan a trabajar, cuando empiezan a tener familia, cuando aparecen otras prioridades”, muchos estudiantes se desconectan de la carrera. En muchos casos, no se trata de abandono definitivo, sino de postergaciones largas. “A veces ocho, diez años”, señala.

 

Esa realidad expone tensiones estructurales entre estudio, trabajo y vida cotidiana, especialmente en quienes no cuentan con respaldo económico suficiente para dedicarse exclusivamente a estudiar.

 
El cuerpo, la memoria y el momento del título


El día de la entrega del título fue profundamente corporal. “Desde que salí de mi casa se me llenó la mente de recuerdos”, relata el oriundo de Villa Nueva. Recuerdos de los primeros meses, de los tropiezos iniciales, de las dificultades para adaptarse al ritmo universitario.

 

“Me costó mucho adaptarme a la carrera”, reconoce. No tenía un sistema de estudio consolidado ni la costumbre de leer durante horas. El salto del secundario a la universidad fue fuerte, incluso viniendo de un colegio privado. Análisis matemático, análisis económico, materias que marcaron los primeros desafíos.

 

En ese repaso aparecen docentes que dejaron huella. Gonzalo Carrión, Darío Corna y, de manera especial, el ingeniero Alberto Campos. “Fue una materia muy difícil”, recuerda sobre análisis matemático, pero también una experiencia transformadora. Campos ofreció apoyo académico y humano sin ningún tipo de incentivo. “Vengo gratis y les ayudo”, les dijo, organizando clases y acompañando a estudiantes que habían quedado libres.

 

Ese gesto permitió que muchos continuaran. “Gracias a ese apoyo incondicional pude sacar la materia”, afirma Ariel, subrayando una enseñanza que va más allá del contenido académico.

 
La universidad como escuela de frustración y aprendizaje


Entre lo que se lleva de la universidad, el joven destaca algo central. “Aprender a tener tolerancia a la frustración del fracaso”. Una mala nota no define a la persona, sino que señala la necesidad de volver a estudiar y volver a intentar.

 

Esa enseñanza cobra otro peso cuando se ingresa al mundo laboral. Allí ya no se trabaja con exámenes, sino con personas, empresas y realidades concretas. La universidad, te prepara para asumir esa responsabilidad.

 
Formación sólida y el desafío de la práctica


Ariel reconoce que la universidad pública brinda una formación actualizada y sólida, especialmente en áreas laborales, tributarias y contables. La diferencia aparece en la práctica cotidiana, en el manejo de sistemas, medios de pago y casos específicos.

 

Por eso propone ampliar las pasantías. No solo en horas, sino en tiempo. “Que en lugar de tres meses sean cuatro o cinco”, sugiere, como forma de profundizar el aprendizaje práctico sin desvalorizar la formación teórica.

 
Profesión, tecnología y humanidad


Sobre su profesión, rechaza la idea del contador reducido a un rol técnico. “El contador es consejero en muchos otros aspectos”, explica. Económicos, tributarios, laborales y humanos. Cada cliente, afirma, requiere un trato particular.

 

Consultado sobre la inteligencia artificial, el profesional no expresa miedo. “Si uno se mantiene actualizado, siempre va a estar teniendo trabajo”. La tecnología, sostiene, no puede reemplazar la escucha, el vínculo humano ni la comprensión integral de cada situación.

 
Defender la universidad pública es defender el futuro


El cierre vuelve al eje central. Así lo define el flamante egresado de la universidad pública como “un recurso invaluable y una herramienta muy importante para la sociedad”. Frente al desfinanciamiento, aparece la impotencia. Por los docentes, por los estudiantes y por quienes no podrían acceder a una universidad privada.

 

“Sin universidad pública, muchos solo podrían pensar sus sueños, pero no concretarlos”, afirma. Su testimonio no es individual ni excepcional. Es la voz de una generación que se formó en la universidad pública y que defiende su existencia como derecho, como proyecto colectivo y como orgullo.

 

Fuente: En exclusivo para Revista Vértices.

 

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