LA VENGANZA DE LOS DESCLASADOS

En un tiempo donde la política se vacía de diálogo y se llena de furia, La venganza de los desclasados retrata cómo la frustración social se convierte en bandera antisistema, desplazando el debate de ideas hacia la guerra identitaria y la demolición simbólica del adversario. Un análisis profundo sobre la mutación cultural y discursiva que redefine las reglas de la convivencia democrática.

 

El ocaso del disenso regulado en tiempos de furia

 

Vivimos tiempos de furia. Tiempos donde la palabra política ha perdido su espesor y se ha convertido en grito, escarnio o slogan. Donde el adversario ya no es alguien con quien debatir ideas, sino alguien a quien silenciar o destruir. 

 

Pero para quien piense algo distinto, el debate político —en su esencia más profunda— siempre ha sido conflicto, tensión, acuerdos, desacuerdos, disenso o la construcción de consensos.

 

El que imagine lo político sin tensiones ni disenso, no está pensando en una democracia, sino con un orden impuesto y de pensamiento único. Para esos románticos, que aún creen que la desaparición del mal, solo traerá el bien, vale decirles que incluso en las más crueles de las dictaduras, lo político persiste, en el fondo, reprimido, latente, subterráneo, pero sigue existiendo.

 

La novedad hoy no está en la confrontación, sino que está en el tipo de cosmovisión que hoy la organiza. Sectores amplios y determinantes de la sociedad decidieron que la única forma de cambiar las cosas es destruir lo existente. No reformarlo, no corregirlo, no mejorarlo, sino demolerlo. Y en esa decisión anida tanto una esperanza dogmática como una advertencia.

 

El mensaje antisistema que canaliza esa expectativa no es algo nuevo ni singular. Su validez tampoco radica en su originalidad, sino en su capacidad para convertir la frustración en sentido común. El problema no es lo que dice, sino lo que logra, transformando décadas de desigualdad y desmejoras en una narrativa emocional, binaria, maniquea. Una narrativa que identifica enemigos antes que causas, personas antes que estructuras, símbolos antes que procesos, convirtiendo esa identificación falaz en destino político.

 

Hasta hace poco tiempo, el debate público obedecía —aunque de manera imperfecta y a veces insufrible— a ciertas reglas no escritas, como el respeto, lenguaje cuidado, apelación a datos, aunque estos sean los “convenientes”, no convincentes, pero eran reglas. Lo llamábamos “lo políticamente correcto”, y funcionaba como un umbral mínimo para la discusión democrática. Hoy ese umbral se ha derrumbado. Lo que antes era una “línea roja” —lo indecible, lo inaceptable, lo moralmente inadmisible— se ha desdibujado. No porque la moral haya desaparecido, sino porque ha sido desplazada por otra: una moral de la furia —y si es en un show mediático, mejor—, legitimada por la experiencia de la frustración propia, y por la certeza casi divina de que todo lo anterior fue una mentira, que todo lo anterior es lo que está mal y es la causa de nuestro fracaso como individuo y como sociedad.

 

Esta mutación no es solo discursiva, sino que es profundamente cultural. Así como los códigos de vestimenta cambian con la época —y lo que antes era provocador hoy es normal—, también cambian los códigos de lo que decimos en la calle, del habla pública. El lenguaje, ese viejo custodio del sentido, ha sido colonizado por una retórica que no busca comprender, sino vencer, demoler, “domar” al que está “del otro lado”. Y sin darnos cuenta, en ese movimiento, se pierde algo más que estilo. Se pierde la posibilidad misma del diálogo, del entendimiento o el disenso.

 

Los partidos tradicionales —inmóviles, burocráticos, autorreferenciales— se han vuelto blanco fácil, y, a decir verdad, algunos de sus dirigentes hacen todo lo posible por justificar esta suposición, pero de ahí a firmar que todos sus integrantes son corruptos, funcionales al sistema, es, por lo menos, una simplificación, que se apoya en la falacia de generalización indebida. 

 

Y es que intentar reducir la crisis política a una cuestión de que las ideas tradicionales ya no representan parte de la sociedad, es no querer ver el fondo del abismo, sin siquiera tener en cuenta la demolición deliberada del Estado como garante del bien común, acciones pensadas y ejecutadas durante décadas a través de políticas neoliberales que redujeron la ciudadanía a consumo y el futuro al pago de la deuda externa. 

 

La retórica de “la casta” no alcanza a definir el problema, sino que lo simplifica hasta el delirio más psicodélico. En vez de examinar la estructura real, encarna la bronca en un solo rostro. En vez de criticar el modelo, lo personaliza. Y al hacerlo, le ofrece al desclasado un enemigo inmediato y un consuelo simbólico, intentando satisfacer el sueño húmedo de ver caer al que provocó todos su males y frustraciones.

 

La paradoja es brutal. El nuevo antagonismo dice venir a refundar la política, pero en realidad hace todo lo posible para vaciarla. Porque lo que reemplaza el conflicto entre ideas es la guerra identitaria, desplazando el debate hacia los insultos y la caricaturización. 

 

Lo que se nos está proponiendo no es una nueva convivencia democrática, sino una purga simbólica, un éxodo hacia un “estado de naturaleza”, donde se nos afirma que eso es libertad.

 

¿Es esto el final del diálogo? ¿O es apenas un momento más en la larga historia de la política como disputa? Lo cierto es que las reglas han cambiado, y mucho. Y no porque alguien las haya escrito, sino porque fueron abolidas desde abajo, desde una mayoría de una sociedad que ya no se siente parte del pacto que esas reglas sostenían.

 

Quizás no estemos ante el colapso de la política, sino ante su mutación más cruda, como podría ser una política sin mediaciones, sin gramática compartida, sin deseo de traducir, de explicar, de argumentar. Una política donde lo que importa no es convencer, sino castigar, estigmatizar al que piensa diferente.

 

Y tal vez esa sea, al fin y al cabo, la venganza de los desclasados: no querer entrar al sistema, sino verlo arder.

 

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